Además, buenos eran ellos para tenerles celos. ¿Para qué mayor infierno? ¿Sabía una siempre dónde pasaba las horas el marido al salir de casa? No; por lo mismo era una tontería enrabietarse por sus pilladas y no darse buena vida. Cuanto más fiera es una, más la quieren. Lo que hacía ella con el difunto cuando sospechaba algo. ¡Fuera de la cama; y donde has pasado el verano pasa el invierno! Siempre la cara de perro; nada de mimos ni cucamonas; así la respetan á una.

Dolores, seria y estirada, contraía los labios como si contuviera la risa que le escarabajeaba en el paladar.

Rosario protestaba. No; ella no estaba conforme con la tía Picores. Vivía honradamente con su marido y tenía derecho á que Tonet la imitara. No le gustaban líos ni enredos.

La vieja la interrumpió. Todo aquello eran músicas, hipocresías que la daban asco. Había que tomar á los hombres tal como eran. ¿Verdad, chicas?...

Y todas las amigachas afirmaban moviendo sus cabezas de indio viejo.

La tía Picores continuó. Todos los hombres eran unos bestias, que cuanto más mal los trata una, mejor la siguen como perros. Además, la que quisiera tener seguro á su hombre, que lo atase á una pata de la cama con las cintas de las enaguas... Y no decía más.

El tartanero había asomado su cabeza varias veces. Esperaba impaciente y manifestaba su prisa con un gran acompañamiento de interjecciones contra aquellas viejas que tomaban su tartana como una carroza propia.

¡Aguárdat, cara de palleta!—gritó la ronca vieja—. ¿Qué no te paguem?...

Y al ver que sus amigachas rebuscaban en sus bolsas, extendió su brazo majestuosamente. Allí no pagaba nadie, ¡recordones! La fiesta era cosa suya. Había que celebrar la reconciliación de las chicas.

Poniéndose en pie, se arremangó falda y zagalejo, buscando sobre las enaguas una gran bolsa ceñida á la cintura, de la que fue sacando unas tijeras de destripar pescado cubiertas de escamas, una navaja mohosa, y por fin un puñado de calderilla, que arrojó sobre la mesa.