Algunos minutos pasó contando y recontando las piezas pegajosas, saturadas de olor de marisco, y por fin dejó el montoncito sobre el mármol, saliendo de la chocolatería cuando ya todas las amigachas se habían encaramado en la vieja tartana.
Rosario, con sus cestas vacías, estaba en la acera, frente á Dolores, mirándose las dos y sin saber qué decirse.
La tía Picores la invitó á subir en la tartana. Se apretarían un poco y la llevarían hasta casa.... ¿Que no? Bueno, pues ya sabía lo dicho: mucha paz y tranquilidad.
—Adiós, Rosario—dijo Dolores sonriendo graciosamente—. Ya saps que som amigues.
Y saludándola con amistoso ademán, subió seguida de su tía, inclinándose quejumbrosamente la tartana bajo el peso de las dos soberbias moles.
Se alejó el carromato con suspiros de desvencijamiento y chirridos de hierro viejo, y la mujercita, con sus cestas al brazo, quedó inmóvil en la acera, como si despertase asombrada, no creyendo en la realidad de una reconciliación con su rival.
II
Habían pasado muchos años, y sin embargo, unos por referencia y otros como testigos presenciales, todos se acordaban en el Cabañal de lo ocurrido un martes de Cuaresma.
El día fué de los más hermosos. El mar estaba tranquilo, terso como un espejo, sin la más ligera ondulación, reflejando el inquieto triángulo de oro que formaba el sol sobre las muertas aguas.
Vendíase el pescado como una bendición de Dios. La demanda era mucha en el mercado de Valencia, y las barcas arrastraban sus redes frente al cabo de San Antonio sin la menor inquietud, fiadas en la calma y deseando sus patrones llenar las cestas cuanto antes para regresar al Cabañal, en cuya playa esperaban impacientes las pescaderas.