Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los Bandullos. No había más que verle á las once de la noche marchando por la calle de las Barcas con desembarazada confianza.

Iba á la Peña, á oír á su adorada novia la Borriquera.

¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le había dicho antes de recibir el golpe, á ella le cortaba la cara, y después no dejaba botella ni títere sano en todo el café.

Aun le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le dominaba después de haber hecho sangre.

Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los Bandullos, uno á uno ó todos juntos. Se sentía con ánimos para de la primera rebanada partirlos en redondo.

Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo, y el valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba su vista y le zumbaban los oídos.

¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.

Y llevándose la mano al cinto, tiró de su pistola del quince, pero antes de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.

Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los Bandullos la protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo, al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.

Ben mòrt está.