Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del muerto, guardándose algo en el bolsillo.

Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en torno del cadáver, esperando la llegada del juzgado, vióse á la luz de algunos fósforos la cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y vidriosos y junto á la sien derecha una desolladura roja que aun manaba sangre.

Le habían cortado una oreja como á los toros muertos con arte.

III

El entierro fué una manifestación.

Aun quedaba sangre de valientes: la raza no iba á terminar tan pronto como muchos creían.

Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el ataúd, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos todos los matones de segunda fila y los aspirantes á la clase: morralla del Mercado y del Matadero que esperaba ocasión para revelarse, y hacía sus ensayos de guapeza yendo á pedir alguna peseta en los billares ó timbas de calderilla.

Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas ladeadas y tufos en las orejas, hacía apartarse á los transeuntes, pensando en el gran golpe que se perdía la guardia civil.

¡Qué magnífica redada podía echarse!

Pero no; había que respetar el dolor sincero de aquella gente que lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás vista en los entierros.