¡Hermoso amanecer! El sol asomó su hipócrita cara tras la tranquila línea del mar, matizada á trechos por las espumas de la noche anterior; extendió sobre las aguas su ancha faja de reflejos dorados é inquietos, embelleciéndolo todo; allí no había pasado nada; y lo primero que doraron sus rayos en la playa de Nazaret, fué el casco destrozado de un bergantín noruego encallado la noche anterior, hundido en la arena, mostrando á flor de agua sus costados despanzurrados, hechos astillas, y los palos rotos tremolando todavía jirones de velas.

Su cargamento era madera del Norte; y mansamente empujados por los suaves estremecimientos del mar, iban hacia la playa las enormes vigas, los aserrados tablones que, pescados por el revuelto enjambre de puntos negros que pululaba en la playa, desaparecían como tragados por la arena.

Bien trabajaban aquellas hormigas. Para ellas era la tempestad. Y por los caminos de la huerta de Ruzafa deslizábanse arrastradas las hermosas maderas del Norte, que habían de convertirse en techumbres de nuevas barracas.

Los piratas de la playa arreaban alegremente sus caballerías como legítimos poseedores del botín, sin pensar que tal vez estaba salpicado con la sangre de los infelices extranjeros que dejaban á sus espaldas tendidos sobre la arena.

En la playa, los carabineros y la muchedumbre inactiva formaban corros más curiosos que aterrados en torno de unos cuantos cadáveres tendidos entre el agua y la arena, hermosos mocetones rubios y fornidos, mostrando por entre los jirones de sus ropas la carne dura, de blancura femenil, mientras sus ojos azules, turbios é inmóviles, miraban al cielo con misteriosa expresión.

El naufragio del bergantín noruego fué lo más notable de la tempestad. Los periódicos hablaron de la catástrofe. Acudió la gente de Valencia como en romería para ver de lejos el buque náufrago hundido hasta la borda en la movediza arena, y todos olvidaron las barcas pescadoras, acogiendo con gestos de extrañeza las lamentaciones de aquellas mujeres que no veían volver á los suyos.

La desgracia no era tan grande como en un principio se creyó. Al serenarse el mar fueron volviendo al puerto muchas barcas, á las que se tenía por perdidas.

Habíanse refugiado huyendo de la tempestad en Denia, en Gandía ó en Cullera, y cada una de ellas, al llegar al puerto, provocaba alaridos de alegría, exclamaciones de gozo, votos de gracias á todos los santos encargados de cuidar los hombres que se ganan en el mar la subsistencia.

Una sóla no volvió: la barca del tío Pascualo, un vividor de los más tenaces que se conocían en el Cabañal, siempre rabiando por conquistar la peseta, pescador en invierno y contrabandista en verano, gran marinero y constante visitador de las playas de Argel y Orán, á las que llamaba con familiaridad la còsta d’afòra, como si se tratase de la acera de enfrente.

Su mujer, Tona, pasó más de una semana esperándole en el puerto, siempre con un arrapiezo al pecho y otro más talludo y gordinflón agarrado a sus faldas. Esperaba á su Pascual, y á cada nuevo informe que la daban, prorrumpía en lamentaciones y se mesaba los pelos, llamando á gritos á María Santísima.