Los pescadores no se expresaban con claridad, pero al hablarla ponían el gesto fosco. Habían visto la barca corriendo el temporal frente al cabo de San Antonio; le faltaban las velas; no pudo ganar tierra, y hasta alguno creía haberla visto al pie de una ola enorme, hinchada, verdosa, que la cogió de lado, no pudiendo asegurar si reapareció ó fué engullida por el agua.
Y la infeliz mujer, siempre esperando en el puerto con sus dos hijos, tan pronto desesperada como animándose con extraña esperanza, hasta que por fin, á los doce días, una escampavía que costeaba persiguiendo el contrabando, condujo á la playa la barca del tío Pascualo con la quilla al aire, negra, lustrosa con la viscosidad del mar, flotando lúgu-bremente como gigantesco ataúd y rodeada de un enjambre de extraños peces, pequeños monstruos que parecían atraídos por un cebo que husmeaban á través de las quebrantadas tablas.
Sacaron la barca á la orilla. El mástil estaba roto á ras de la cubierta, la cala llena de agua; y cuando los pescadores pudieron bajar á ella para acabar de vaciarla á fuerza de cubos, sus pies hundidos entre las cuerdas y cestones que aun estaban allí revueltos, tropezaron con algo blando y viscoso que les hizo gritar con instintivo horror. Era un muerto. Y hundiendo sus brazos en el agua que quedaba en el fondo de la bodega, sacaron un cuerpo hinchado, verdoso, con el vientre enorme próximo á estallar, la cabeza destrozada como repugnante masa, y en todo el cuerpo mordeduras de voraces pececillos que, no soltando su presa, erizábanse sobre el cadáver, comunicándole espeluznantes estremecimientos.
Era el tío Pascualo; pero tan horrible, que la viuda prorrumpió en lamentos, sin atreverse á tocar la masa repugnante. Algún golpe de mar le había arrojado al fondo de la cala antes que la barca se perdiese, y allí se quedó con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el armazón de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta años de economías amasadas ochavo sobre ochavo.
Las comadres del Cabañal prorrumpían en lamentos al ver cómo dejaba el mar á los hombres que tenían el valor de explotarlo, y con sus alaridos de plañidera acompañaron al cementerio la caja que contenía el cadáver roído y aplastado.
Durante una semana se habló mucho del tío Pascualo; después la gente sólo se acordó de él al ver á su viuda, siempre suspirando, con un arrapiezo de la mano y otro al pecho.
Algo más que la pérdida del marido lloraba la pobre Tona. Veía acercarse la miseria; pero no una miseria tolerable, sino la que espanta á la misma pobreza acostumbrada á privaciones; la carencia de hogar, la necesidad de tender la mano en las calles para conseguir el ochavo ó el mohoso mendrugo.
Cuando aun estaba reciente su desgracia encontró protección; y las limosnas, las suscripciones entre el vecindario, pudieron sostenerla durante tres ó cuatro meses; pero la gente es olvidadiza. Tona ya no fué la viuda del náufrago, sino una pobre más que importunaba á todos con lamentaciones pedigüeñas, y al fin vió cerrarse muchas puertas y volverse con desvío caras amigas que siempre habían tenido para ella cariñosas sonrisas.
Pero no era mujer para amilanarse ante el desvío general. ¡Ea! ya había llorado bastante. Llegaba el momento de ganarse la vida como una buena madre que tiene magníficos puños y dos bocas que la piden pan.
No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde murió su marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas veces inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajándose su madera con los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de mosquitos.