—¡Mare!, ¡mare!—gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban á ésta por los flacos y nerviosos brazos.
—¿Qué es asò? ¿Sempre lo mateix?—bramó un vozarrón cascado.
Y la enorme mole de la tía Picores se interpuso entre las combatientes.
Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. Tú Dolores... á casa. Y tú, mala llengua, que no t’oixca.
Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.
¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil veces! ¡Qué chicas las de ahora!
Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar por las amigas.
El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal.
En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos.
El Retor habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la saludable expansión.