Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un puerco espín.

Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores, pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con movimientos de cabeza.

En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba arreglado.

Y ahora al negocio.

Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos aporreaban las puertas con garrotes, la Garbosa, aquella ruina del mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina, blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal; contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.

VI

Muy entrada la noche navegaba la Garbosa en aguas del cabo de San Antonio.

Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las aguas.

Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la inmensidad azul.

El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un cíclope acechando á los navegantes.