El Retor explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia que allí habían muchos moscas prontos á telegrafiar á España el nombre y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!

Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.

Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros, sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban codiciosos la iluminada ciudad.

Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el gato de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja, brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.

Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el Boulevard de la República, con sus grandes cafés, donde iban los señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y hermosas tiendas; la plaza del Caballo con la mezquita principal, un gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como patitos y diciendo mersi á cada chicoleo; soldados con gorro de datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia; gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la acera, donde se servía la absenta á vasos.

Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.

¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? ¡Redeu! Aquello sí que era notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera, comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de inmundicia bajando por los escalones del empedrado.

Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué cosas en su jerga de perros.

Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año. El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón, tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al son de una flauta y dos panderos.

Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común, que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo frotaros con sus manazas, y otras ¡rediel!... otras que eran las señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y medias lunas.