¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los llevaron al violón, de donde los sacó el cónsul después de dos días de encierro.

Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los pies con expresión de hombre cansado:

¡Ay!... Entonses tenía yo més humor.

El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si nadase un perrazo con dirección á la barca.

Era el vaporcito del entrepôt. Saltó á la cubierta de la Garbosa un buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió cuenta al Retor de su comisión.

Habían recibido á tiempo el aviso de mosiú Mariano, de Valencia; les esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios despachar pronto.

¡A la faena!—gritó el Retor á su gente—. Cárrega á bordo.

Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.

Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los fardos, y la Garbosa, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose, lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la excesiva carga.

El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca. ¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y el Retor contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de allí á dos noches en la playa del Cabañal.