La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos y que no cayesen al mar.

Buona sorte, patrón—chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y estrechando con fuerza la mano del Retor.

Se alejó el vaporcillo; la Garbosa extendió su vela, y comenzó á correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos brillante.

Al Retor se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo! Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si estuviera corriendo un temporal.

Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á flor de agua.

Cuando amaneció, el cabo de la Mala Dòna veíase por la popa como una vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.

La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la noche, la recordaba el Retor como si fuese un sueño, ahora que se veía de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre Garbosa, que navegaba torpemente como una tortuga.

Lo único que tranquilizaba al Retor era el tiempo. Buen viento y mar bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato. Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso, lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido como un salivazo de las olas.

La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base cortada por dos fajas de nubes.

La Garbosa, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.