El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar hasta la noche para hacer el alijo.

De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón. Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo... ¡Futro! No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo. Algún mosca había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la Garbosa había salido á algo más que á pescar.

Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su hermano con inquietud.

Aun era tiempo; á tomar mar. Y la Garbosa, inclinando un poco su proa, se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en esta maniobra, y la Garbosa navegaba con gran rapidez hundiendo muchas veces bajo las olas su abrumado casco.

La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba considerable, y el Retor pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.

La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.

El Retor adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la Garbosa hacia tierra para echar sus fardos.

Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar en un zapato como la Garbosa. ¡Á las Columbretas, refugio de los hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del comercio!

Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada Garbosa, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas, que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila siempre que no sopla el Levante.

La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable distancia, están las Columbretas menores; la Foradada, surgiendo de las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.