La Garbosa quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se fijaran en ellos.

Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos, pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que, refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta ondulación.

Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la cerrazón del tiempo.

No se veía ni una vela; pero el Retor estaba intranquilo, temiendo que sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como refugio de contrabandistas.

La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?

El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.

Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la Garbosa y salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros, agrupadas en la plazoleta frente á la torre.

¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la Garbosa tan pronto se encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de cabeza á pies.

Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca... bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.

Mas el Retor no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un estertor de agonía.