É irreflexiblemente miró de tal modo al Retor, que éste, á pesar de su rudeza, pareció entender, lanzando á su hermana una ojeada interrogante. Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza, protestó dulcemente de lo que decía su hermana. ¡Bah! Era más lo que hablaba la gente que la verdad. En el pueblo tenían mala lengua. Trataban los asuntos de familia con la mayor ligereza: hacían tema de risa la fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes más atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba de ser una broma dicha sin intención de ofender. Falta de educación, como aseguraba muy bien don Santiago el cura.
Él mismo, si fuera á hacer caso, ¿no tenía razón para ofenderse? ¿No se habían atrevido á hacer suposiciones maliciosas sobre su Dolores, gastándole bromas a él en la playa? ¡Y con quién, señores!... ¡Con quién dirás tú!... Pues había para asombrarse; con Tonet, con su hermano; ¡vamos, que era para reirse! ¡Creer que á él, con una mujer tan buena, le adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba á Dolores con el mismo respeto que á una madre!
Y el Retor, aunque algo molestado por las murmuraciones, se reía al recordarlas con la misma expresión de desprecio y de fe que un labriego á quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar.
Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso. Examinaba á su hermano con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la espontaneidad de aquella risa. No había duda: era natural. Aquel zopenco estaba á prueba de sospechas.
Por esto se irritó ella, é instintivamente, sin darse cuenta del daño que causaba, soltó lo que parecía escarabajearle en la lengua. Lo dicho: todos los hombres eran unos pillos ó unos brutos. Y con la mirada parecía señalar á su hermano, incluyéndolo en la última categoría.
Por fin adivinó aquel hombre rudo. ¿Quién era el bruto? ¿él? ¿Sabía acaso Roseta algo?... Á ver: que hablase... y clarito.
Estaban entonces en mitad del camino, junto á la cruz, y se detuvieron por algunos instantes. El Retor estaba pálido y se mordía uno de sus dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con las uñas roídas.
Á ver: podía hablar claro. Pero Roseta no hablaba. Veía en su hermano algo que no la gustaba. Temía haber ido demasiado lejos; su conciencia de buena muchacha protestaba y arrepentíase ante la palidez y el duro gesto de aquel rostro siempre bondadoso.
No; ella no sabía nada: las murmuraciones del pueblo y nada más. Pero lo que debía hacer para que la gente no hablase, era obligar á Tonet á que visitara su casa lo menos posible.
El Retor la oía encorvado sobre la fuente cercana á la cruz, engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresión hubiese encendido una hoguera en su estómago.