Emprendió de nuevo la marcha con la boca chorreante, enjugándola con sus callosas manos. No; él no procedería nunca feamente con su Tonet. ¿Qué culpa tenía el pobre chico de que la gente fuese tan desvergonzada? Cerrarle la puerta sería perderle; justamente, si su mala cabeza se iba sentando un poco, lo debía á los buenos consejos de Dolores; de aquella pobrecita á la que muchos odiaban por envidia, nada más que por envidia.

Y en su rencor contra las enemigas de su Dolores, subrayaba las palabras con el gesto, como si incluyera entre las envidiosas á Roseta.

¡Que hablasen hasta cansarse! Mientras él estuviera tranquilo, se reía de los demás. Tonet era para él un hijo. Se acordaba como si hubiese ocurrido ayer de cuando le servía de niñera y se acostaba con él en el camarote de la barcaza, haciéndose un ovillo para dejarle la mayor parte de la colchoneta. ¡Qué! ¿unas cosas así, tan fácilmente pueden olvidarse?

Se olvidan las buenas épocas; se borra fácilmente el recuerdo de los amigotes con los que se bebe y se ríe en la taberna; pero cuando se pasa hambre, ¡redeu! no se olvida por nada del mundo al compañero de miseria. ¡Pobre Tonet! se había propuesto sacar á flote á aquel perdido, digno de lástima, y no pararía hasta verle hecho un hombre de pro. ¿Qué se habían figurado?... Él era un animal, pero tenía un corazón que no le cabía dentro... Y se golpeaba el recio pecho, que sonaba como un tambor.

Más de diez minutos marcharon los dos hermanos sin cambiar palabra. Roseta, arrepentida de haber provocado aquella conversación; Pascual, con la cabeza baja, pensativo, frunciendo algunas veces las cejas y cerrando los puños como si le acometiera un mal pensamiento.

Habían llegado al Grao y atravesaban sus calles con dirección al Cabañal.

El Retor habló por fin, mostrando necesidad de desahogar su pensamiento, de echar fuera ideas penosas, cuyo doloroso culebreo se notaba en las contracciones de su frente.

En fin, Roseta, lo conveniente era que todo lo dicho sólo fuese una broma de la gente. Porque si algún día resultara verdad, ¡recristo! á él no le conocía nadie en el pueblo. Se tenía miedo á sí mismo en ciertos momentos. Era hombre de paz y huía las cuestiones; muchas veces perdía su derecho en la playa porque era padre y no aspiraba á pasar por majo; pero que no le tocasen lo que era suyo y muy suyo: el dinero y su mujer. Aun se acordaba con horror de que al venir de Argel, con aquello, tuvo el pensamiento, si le alcanzaba la escampavía, de plantarse junto al mástil faca en mano, y allí matar, matar siempre, hasta que lo tumbaran sobre los fardos que eran su fortuna. Y en cuanto á Dolores, algunas veces al contemplarla tan buena, tan guapa, con el aire de señora que tan bien le sentaba, había pensado, ¡por qué no decirlo! había pensado en que alguien se la podía quitar, y entonces ¡redeu! entonces sentía deseos de apretarla el gaznate y salir por las calles mordiendo como un perro rabioso. Sí; eso es lo que él era; un perro mansote, que si llegaba á rabiar acabaría con el mundo ó tendrían que matarle... Que le dejasen quieto; que nadie turbara su felicidad, adquirida y sostenida á fuerza de trabajos.

Pascual manoteaba mirando fijamente á Roseta, como si ésta fuese la que iba á robarle su Dolores. Pero de pronto hizo un gesto como si despertara y se notó en él el disgusto del que en un momento de excitación teme haber dicho demasiado.

Le molestaba la presencia de su hermana. Ya podían separarse. Ella hacia la barcaza de la playa y ¡espresions á la mare! Él iba á su casa.