Hasta bien entrada la noche le duró al Retor la impresión del encuentro. Pero cuando fueron á verle para tomar órdenes los tripulantes de Flor de Mayo, todo lo había olvidado, todo.
Allí estaba Tonet, en su presencia, y sin embargo, no experimentó la más leve emoción. Esto resultaba la prueba más clara de que todo era mentira. Su corazón estaba mudo; luego nada había.
Todo lo olvidó para hablar de la salida del día siguiente. La Flor de Mayo formaría pareja con una barca que había alquilado. Que Dios le diese buena suerte, y no tardaría en construir otra embarcación como Flor de Mayo.
En la tripulación figuraba un marinero, al que el Retor oía como un vetusto oráculo: el tío Batiste, el pescador más viejo de todo el Cabañal; setenta años de vida de mar, encerrados en un armazón de pergamino curtido, que salían por la negra boca oliendo á tabaco malo, en forma de consejos prácticos y de marítimas profecías. Lo había enganchado el patrón, no por lo que pudiera ayudar á la maniobra con sus débiles brazos, sino por el exacto conocimiento que tenía de la costa.
Desde el cabo de San Antonio hasta el de Canet era el golfo una gran plaza sin bache y agujero que no conociera el tío Batiste. ¡Ah! si él pudiera convertirse en un esparrelló, nadaría por abajo, sabiendo siempre dónde se encontraba. La superficie del mar, muda para otros, leíala con la mayor facilidad, adivinando su fondo.
Sentado sobre la cubierta de la barca, parecía sentir todas las ondulaciones del suelo submarino, y con una ligera ojeada sabía si estaban sobre los profundos algares, sobre el Fanch ó sobre las colinas misteriosas llamadas los Pedrusquets, que evitaban los pescadores por miedo á que se enroscasen las redes y se hicieran trizas. Sabía pescar en los tortuosos callejones de profundo mar abiertos entre los Muralls de Confit, la Barreta de Casaret y Ròca de Espiòca; arrastraba las redes por aquel laberinto sin tropezar con las traidoras puntas ni con los algares que cargan la malla hasta romperla, no sacando nada de provecho, y en las noches obscuras, cuando no se veía á cuatro pasos de la barca y la luz de los faroles la sorbía sin rastro alguno la lobreguez de las aguas, bastábale gustar con la lengua el fango de las redes para decir con matemática certeza el sitio donde estaba. ¡Demonio de hombre! parecía que sus setenta años se los había pasado abajo en compañía de los salmonetes y de los pulpos.
Aparte de esto, sabía muchas cosas no menos útiles; por ejemplo, que el que salía á pescar el día de las Almas, corría el peligro de sacar algún muerto envuelto en las redes, y el que ayudaba todos los años el día de la fiesta á llevar en hombros la Santa Cruz del Grao, no podía ahogarse nunca.
Por eso él se conservaba bien á pesar de sus setenta años, y eso que nunca se había separado del mar. Á los diez años tenía callos en el sobaco, á fuerza de tirar como un toro de las cuerdas del bolich; y no sólo había sido pescador: tenía su docena de viajes á la Habana, pero no como los chicos de ahora, que se creen hombres de mar porque hacen de camareros y mozos de cordel en cualquier trasatlántico como un pueblo, sino á bordo de faluchos de la matrícula, barcos más valientes que Barceló, que iban á Cuba con vino y traían azúcar, mandados por patrones venerables, envueltos en su ranglán, y con sombrero de copa; y antes se acababa el mundo que faltaba á bordo la lamparilla encendida ante el Cristo del Grao y el rosario á la puesta del sol.
Aquellos eran otros tiempos; la gente era mejor. Y el tío Batiste, moviendo las arrugas del rostro y su barbilla de chivo venerable, hablaba contra la impiedad y soberbia del presente, acompañando sus palabras con juramentos de castillo de proa y me caso en esto y en lo de más allá.
El Retor le escuchaba complacido. Encontraba en el viejo á su antiguo maestro el tío Borrasca, y oyéndole pensaba en su padre. La demás gente de la barca, Tonet, los dos marineros y el grumete, reíanse del viejo y le enfurecían asegurándole que ya no estaba para navegar y que el cura le reservaba la plaza de sacristán.