¡Chentòla! Ya verían quién era él cuando saliesen al mar; aun les llamaría cobardes en más de una ocasión.

Al día siguiente todo el barrio de las Barracas estaba en movimiento. Por la noche se hacían á la mar las barcas del bòu, llevando los hombres á la pura conquista del pan.

Todos los años se repetía la emigración viril, pero á pesar de esto las más de las mujeres mostrábanse impresionadas pensando en los muchos meses de sobresalto é inquietud que habían de sufrir hasta la primavera.

Los patrones mostrábanse atareados por los últimos preparativos. Iban al puerto para examinar sus embarcaciones, hacían funcionar las garruchas, correr las maromas, subían y bajaban las velas, tocaban el fondo de la cala, examinaban el repuesto de lona y cables, contaban las cestas y hacían repasar las redes. Después llevaban los papeles á las oficinas para que aquellos señores tan orgullosos y malhumorados se dignasen despacharlos.

Cuando el Retor fué á comer á mediodía, encontró en la cocina de su casa á la siñá Tona, que lloraba hablando con Dolores.

La vieja sostenía sobre sus rodillas un envoltorio, y apenas vió á su hijo, le increpó con ira.

Vamos á ver: aquello era una mala cosa; parecía imposible que fuese padre. Le habían dicho que su nieto Pascualet se embarcaba en la Flor de Mayo para hacer el aprendizaje de gato. ¿Estaba bien aquello? Una criatura de ocho años que aun debía estar mamando, ó cuando más jugando en la tabernilla de la abuela, ir al mar como los hombres, á pasar fatigas y quién sabe si algo peor.

Ella se oponía, sí señor; el chico no debía conformarse con aquel martirio, y puesto que la madre callaba y al padre se le había ocurrido tal barbaridad, ella, como abuela, protestaba. Se llevaría el chico para impedir semejante crimen. ¡Pascualet! ¡tu abuela te llama!

Pero el demonio del muchacho, enfundado en un traje nuevo de franela amarilla, descalzo, para mayor carácter, con una faja que se le enroscaba hasta el pecho, gorra negra sobre la oreja y la blusa hinchada como un globo, pavoneábase imitando el aire desgarbado del tío Batiste y hacía muecas á su abuela en venganza de la ofensa que le infería rogando por él.

No iría á jugar más á la playa; que se guardase la abuela sus meriendas; él era hombre y quería ir al mar como segundo gato de la Flor de Mayo.