Sus padres se reían con las insolencias del muchacho. ¡Demonio de chico! El Retor se lo hubiera comido á besos.
La abuela lloraba como si le viera ya próximo á la muerte. Pero el padre se indignó. ¿Quería callar? Cualquiera creería que mataban al chico. ¿Qué tenía aquello de extraordinario? Pascualet iba al mar como habían ido su padre y todos sus abuelos. ¿Deseaba la agüela que fuese un vago? Él le quería valiente y trabajador, sin miedo al agua, que es donde está la vida. Si cuando él muriera podía dejarle un buen pasar, mejor que mejor. El chico no expondría su vida navegando, pero sabiendo lo que es una barca, no podrían engañarle. Una desgracia á cualquiera le ocurre, y porque su padre, el tío Pascual, había acabado como todos sabían, ya se figuraba su madre que todos los pescadores habían de morir ahogados. ¡Vamos... calle, calle y no haga reir!
Pero la siñá Tona no podía callar. Estaban todos endemoniados. El maldito mar les atraía para acabar con la familia. Ella no descansaba. ¡Si contase los espantosos sueños que tenía por la noche! Ya sufría mucho pensando en los peligros del hijo, y ahora, por si no tiene usted bastante, el nieto también. Vamos, que aquello no podía sufrirse; lo hacían por matarla á pesares; y si no fuera por lo mucho que les quería, no debía mirarles más á la cara.
El Retor, indiferente á los lamentos de su madre, sentábase á la mesa ante la cazuela humeante. Escrúpulos de vieja. ¡Á comer, Pascualet!
Su padre había de hacerle el mejor marinero del Cabañal. Y para extremar sus bromas, quiso saber qué traía su madre en aquel envoltorio.
Volvió á llorar la siñá Tona. Era un obsequio bien triste. El miedo no la dejaba dormir; había reunido la noche anterior todos sus ahorros, bien poca cosa, y quería hacer un regalo á su hijo: un chaleco salvavidas que por mediación de una amiga había comprado al maquinista de un vapor inglés.
Y sacó á luz la coraza voluminosa de forradas escamas de corcho, que se plegaba con gran flexibilidad. El Retor la contemplaba sonriendo. Bien estaba aquello; ¡lo que inventaban los hombres! algo había oído de tales chalecos, y se alegraba de tener uno, por más que él nadaba como un atún y no necesitaba adornos.
Pero entusiasmado como un niño ante el regalo, abandonó la comida y se probó el chaleco, riéndose del grueso envoltorio, que le daba el aspecto de una foca, haciéndole respirar angustiosamente.
Gracias; con aquello no era posible ahogarse, pero moriría de sofocación. Lo metería en la barca. Y arrojó la coraza al suelo, apoderándose de ella Pascualet, quien con gran trabajo se embutió en el salvavidas, asomando la cabeza y las extremidades como una tortuga dentro del caparazón.
Al terminar la comida llegó Tonet. Traía una mano entrapajada. Era un golpe que había recibido aquella mañana; y lo decía de un modo, que su hermano no quiso preguntar más ni le sorprendió la extraña mirada de Dolores. Alguna diablura de aquel loco; alguna riña que habría tenido en la taberna.