Con una mano inútil, para nada servía en la barca. Debía quedarse en tierra, y ya lo tomaría su hermano á bordo de allí á dos días, pues pensaba no tardar más en la primer salida si la pesca era buena.
Mientras hablaba el Retor con gran tranquilidad, lamentándose de que su hermano no fuese á bordo de la Flor de Mayo, Tonet y su cuñada bajaban la cabeza y evitaban mirarse, como si se sintieran avergonzados.
Á media tarde comenzaron los preparativos para la salida del bóu.
Más de un centenar de barcas formadas en doble fila frente á los muelles, inclinaban los mástiles como un escuadrón de lanzas que saluda, moviendo sus cascos con incesante y gracioso contoneo. Las pequeñas embarcaciones, con su rudo perfil de galera antigua, recordaban las numerosas armadas de Aragón, las flotas de barquichuelos con las que Roger de Lauria era el terror de Sicilia. Y los Pescadores presentábanse en grupos con el hatillo á la espalda y el aire resuelto, como las bandas de almogávares llegaron á la playa de Salou para ir en embarcaciones iguales ó peores á la conquista de Mallorca. Tenía aquel embarque en masa y en tan rudos barcos un sabor tradicional, algo que forzosamente hacía recordar la marina de la Edad Media, los bajeles de Aragón, cuya vela triangular lo mismo espantaba al moro de Andalucía que se destacaba sobre el clásico y risueño cielo de la Grecia.
Todo el pueblo acudía al puerto; las mujeres y los niños corrían por los muelles buscando en la confusión de mástiles, cuerdas y cascos incrustados unos en otros, la barca donde iban los suyos. Era la emigración anual á los desiertos del mar; la caída en perpetuo peligro para sacar el pan de las misteriosas profundidades, que unas veces se dejan extraer mansamente sus riquezas y otras se alborotan amenazando de muerte á los audaces argonautas.
Y por las pendientes tablas que unían las barcas con el muelle, pasaban pies descalzos, calzones amarillos, caras tostadas, todo el mísero rebaño que nace y muere en la playa sin conocer más mundo que la extensión azul; gente embrutecida por el peligro, sentenciada á muerte, para que tierra adentro otros seres, sentados ante el adamascado mantel, puedan contemplar como joyeles de coral los rojos langostinos ó se conmuevan con estremecimientos de gula ante la enorme merluza nadando en apetitosa salsa. El hambre iba á lanzarse en el peligro para satisfacer á la opulencia.
Comenzaba á caer la tarde. Los últimos mosquitos del verano, enormes, hinchados, zumbaban en el ambiente impregnado de tibia luz, brillando como un chisporroteo de oro; el mar se extendía tranquilo fuera del puerto hasta juntarse con el horizonte, y allá en la línea divisoria destacábase como una vaga nube la cumbre del Mongó, cual una isla flotante.
Continuaba el embarque. La aglomeración de barcas tragábase hombres y más hombres; las mujeres hablaban con animación del tiempo de la pesca, que esperaban fuese buena; de la temporada que se preparaba, en la cual podría haber pan abundante en sus casas; y los grumetes corrían desolados por el muelle, descalzos y apestando á brea, para hacer los últimos encargos de sus patrones, embarcar la galleta y cargar el tonelillo del vino.
Cerraba la noche; ya estaba toda la gente en las barcas: más de mil hombres. Sólo faltaba para partir que los señores de las oficinas acabasen de despachar los papeles; y la multitud que ocupaba los muelles se impacientaba como ante un espectáculo que se retarda.
Había en el acto de la partida una costumbre que cumplir. Desde tiempo inmemorial, todo el pueblo acudía á la salida del bòu para insultar á los que se iban. Chistes atroces, sangrientas bromas cruzábanse entre las barcas y las escolleras cuando aquéllas salían del puerto; todo á la buena de Dios, sin mala intención, porque así lo marcaba la costumbre y porque tenía gracia decirles algo á los... lanudos que se iban tranquilos á pescar dejando solas á sus mujeres.