Y tan arraigada estaba la costumbre, que algunos pescadores se preparaban con anticipación, metiendo en sus barcas capazos de guijarros para contestar las insultantes despedidas á pedrada limpia.
Era una diversión brutal, propia de las playas levantinas, donde las bromas giran siempre con la mayor inocencia sobre la mansedumbre del marido y la fidelidad de la mujer.
Cerró la noche. Inflamábase como una guirnalda de fuego el rosario de faroles que orlaba los muelles; titilaban los rojos regueros de luz sobre las mansas aguas del puerto, y las linternas de los buques brillaban en lo alto de los palos como estrellas verdes y encarnadas. Cielo y agua tomaban el mismo color ceniciento, destacándose los objetos como manchas negras. El puerto, el caserío y los buques parecían dibujados con tinta china sobre un inmenso papel gris.
¡Ya salían, ya salían!... Izábanse las velas, que en la lobreguez transparentaban las luces del puerto, como piezas extendidas de crespón ó sutiles alas de grandes mariposas negras.
La pillería había ocupado lo más saliente de las escolleras para saludar á los que partían. ¡Cristo! ¡y cómo iban á divertirse! Había que agazaparse bien para que no les llegara alguna piedra.
Ya salía la primer pareja; mansamente, con poco viento aún, cabeceando las dos barcas como toros perezosos antes de tomar carrera. En la obscuridad se reconocía a las parejas y á los que iban en ellas.
—¡Adiós!—gritaban las mujeres de los tripulantes—. ¡Bòn viache!
Pero la pillería había roto ya en espantoso e infamante vocerío. ¡Vaya unas lengüecitas! Hasta las mismas mujeres injuriadas que estaban á espaldas de ellos reían como locas, celebrando las ocurrencias. Era un carnaval con toda su libre franqueza para mezclar verdades y mentiras.
¡Lanudos! ¡más que lanudos! Iban á pescar tan tranquilos, dejando solas sus mujeres. Ya se encargaría el cura de acompañarlas. ¡Muuu! ¡muuu!...
É imitaban el mugido de los bueyes entre las carcajadas del gentío que, por un absurdo de la costumbre, gustaba de despedir con tales insultos á los hombres que marchaban á trabajar y tal vez á morir por el sustento de sus familias. Pero éstos, siguiendo la sarcástica broma, echaban mano á los capazos de piedras y los guijarros silbaban como balas, chocando con los peñascos, tras los cuales se ocultaba la procaz granujería.