Era un aquelarre, una aglomeración de escandalosos duendes que bullían en las dos escolleras y vomitaban injurias cada vez que pasaban barcas por la estrecha garganta de la dársena.
Cuando las voces, ya roncas, enmudecían cansadas de berrear, la provocación partía de las mismas barcas. Molestábales á los pescadores que saliese su pareja en silencio, y partía de ella alguna voz de marinero socarrón preguntando mansamente:
—¡Che! ¿qué no dieu algo?
Vaya si le decían, y recrudecíase otra vez el eterno grito de lanudos, confundiéndose con el rugido de los caracoles que soplaban los grumetes, misteriosa señal para reconocerse las barcas que formaban la pareja y navegar juntas en la obscuridad, sin mezclarse con las otras embarcaciones que seguían el mismo rumbo.
Dolores estaba en una escollera, de pie, sin miedo á las pedradas, casi confundida con la turba vociferante. Sus amigas se habían quedado atrás por temor á un guijarro y ella estaba allí sola: sola no, porque un hombre se aproximaba lentamente, con fingida distracción, hasta quedar casi pegado á sus espaldas.
Era Tonet. La soberbia moza sentía en el cuello la respiración de su cuñado, y los rizados pelillos de la nuca erizábanse con su aliento abrasador. Volvía ella la cabeza buscando en la obscuridad los ojos de Tonet, que fulguraban con hambrienta fiebre, y sonreia satisfecha por la muda adoración.
Sentía deslizarse por su talle una mano ansiosa y ágil, la misma mano entrapajada que, según declaraba Tonet horas antes, no podía mover sin terrible dolor.
Las miradas de los dos expresaban lo mismo. Por fin, tenían una noche de libertad: ya no serían entrevistas rápidas con zozobra y peligro. Solos, completamente solos toda la noche, y la otra y otra más... hasta que volvieran el Retor y su hijo. Tonet iba á acostarse en la cama de su hermano, como si fuese el amo de casa.
Y este placer criminal, este adulterio, al que se unía la traición al hermano, causábales escalofríos de horrible voluptuosidad; les hacía estrechar sus cuerpos, en los que la carne se estremecía con vibraciones puramente animales, como si lo infame de la pasión aumentase la intensidad del placer.
Un grito de la chicallería les sacó de su somnolencia amorosa.