—¡El Retor! ¡Ahí va el Retor! ¡Esta es Flor de Mayo!
Y ¡vive Cristo, que fué buena la que se armó! Para el pobre Pascualo estaba reservado lo más fuerte de la fiesta.
Ya no eran chicuelos los que gritaban. Los pocos hombres que quedaban en tierra y el mujerío que odiaba á Dolores, unían sus voces al ronco gritar de la pillería.
¡Lanudo! Cuando volviera á tierra habría que acercarse a él capa en mano. Y la gente vociferaba estos y peores insultos con verdadera furia, como quien sabe que no da golpes en vago. Con aquél no era broma: le decían la verdad y nada más.
Tonet se estremecía temiendo alguna indiscreción de los bárbaros, pero Dolores, impúdica y audaz, reíase de veras, como si le hiciera mucha gracia la rociada de insultos que recibía su panzudo. ¡Oh! Era legítima hija del tío Paella.
La Flor de Mayo atravesaba mansamente por entre las escolleras, y de su popa salió la alegre voz del patrón, satisfecho de las ovaciones que merecía.
—¡Che! ¡Digau més! ¡Digau més!
Aquella provocación irritó á la muchedumbre. ¿Que dijeran más? Pues allá va. Y cerca, muy cerca de Tonet y Dolores, sonó una voz que contestó á la provocación de un modo que hizo estremecer á los amantes.
Á ver si callaba el muy lanudo. Á pescar sin cuidado. Tonet ya se quedaba con Dolores para consolarla.
El Retor soltó el timón y se puso en pie de un salto.