¡Morrals!—rugió—; ¡cochinos!...

No; aquello no estaba bien. Bromitas á él, todas las que quisieran; pero eso de meterse con la familia, era muy feo... muy indecente.

IX

Aquel año protegía Dios á los pobres.

Así lo decían las pobres mujeres del Cabañal, agrupándose por la tarde en la playa, dos días después de la salida de las barcas.

Volvían las parejas del bòu rápidamente, viento en popa, y la rígida línea del horizonte aparecía dentellada por las innumerables aletas que se aproximaban á pares como palomas unidas por una cinta á flor de agua.

Hasta las más viejas del pueblo no recordaban una pesca tan afortunada. ¡Señor! ¡si parecía que el pescado estaba allá dentro, en grandes masas, esperando pacientemente las redes para entrar sin resistencia en ellas, aliviando la miseria de los pescadores!...

Sobre la arena de la playa, agitado todavía, dentro de los cestones de caña, estaba toda aquella hermosura: los salmonetes de roca, como palpitantes pétalos de camelia, contrayendo el lomo de suave bermellón con el estertor de la asfixia; los viscosos calamares y los pulpos, moviendo su maraña de patas, apelotonándose y enroscándose en la agonía; los lenguados, planos y delgados como suelas de zapatos; las rayas, estremeciendo su titilante mucosidad, y sobre todo los langostinos, la pesca preciosa, que asombraban aquel año por su cantidad, transparentes como el cristal, erizando sus tentáculos con desesperación y destacando sobre las negruzcas cestas sus dulces tonos de nácar.

Llegaban las barcas plegando las enormes velas y quedaban quietas y balanceantes á pocos metros de la orilla.

Á cada pareja agolpábase la multitud en el límite de las olas, arremolinábanse las faldas de sucio percal, las caras rojas y las cabelleras de Medusa, gritando, increpándose, discutiendo para quién sería el pescado. Arrojábanse de las barcas los gatos con agua á la cintura, formando larga fila, en la que iban interpolados los hombres y los cestos y avanzaban rectamente hacia la orilla, surgiendo poco á poco del manso oleaje, hasta que sus pies descalzos tocaban la arena seca, y las mujeres de los patrones se encargaban de la pesca para venderla.