Chepa llegó con su pareja de poderosas bestias, y la Flor de Mayo, chirriando sobre los tarugos en que resbalaba su quilla, comenzó á salir á tierra.
El Retor había abandonado su barca y estaba frente á Dolores, sonriendo como un bendito ante su delantal recogido é hinchado por los enormes puñados de plata que parecían romper la tela. ¡Vaya una jornada! Con pocas así podían redondearse. Y la suerte tal vez se repitiera, pues el viejo que llevaba á bordo adivinaba los sitios donde estaba la mejor pesca.
Pero se interrumpió en su entusiasmo para mirarle las manos á su hermano. Los trapos habían desaparecido. Ya estaba bueno, ¿eh? Se alegraba mucho: así podría embarcarse en la segunda expedición y ya vería lo que era divertirse. Daba gusto pescar sacando las redes llenas con tanta facilidad. Pensaba salir al amanecer. Había que aprovechar la fortuna.
Dolores, viendo terminada la venta, preguntó á su marido si iría á casa. El patrón no podía decirlo. No le gustaba abandonar la barca. La gente de la tripulación era capaz de irse á la taberna así que volviese la espalda, y la embarcación no podía quedar sola en la playa, donde pululaban los raterillos husmeando todo la aprovechable. Tenía ocupación, y si á las nueve de la noche no estaba en casa, podía ella acostarse.
En cuanto á Tonet, que marchara á despedirse de su Rosario y á coger el hatillo; pero antes del amanecer, allí en la playa, pues no quería esperar.
Dolores cambió una rápida ojeada con su cuñado y después se despidió de su marido, intentando llevarse á Pascualet. No; el muchacho quería quedarse en la barca al lado de su padre; y al fin la buena moza tuvo que partir sola, siguiendo los dos hombres con su mirada el garboso contoneo de aquel cuerpo soberbio que se alejaba empequeñeciéndose.
Tonet permaneció en la playa hasta el anochecer, hablando con el tío Batiste y comentando con otros pescadores la inesperada abundancia de pescado. Se fué cuando el grumete comenzaba á preparar la cena á bordo de la Flor de Mayo.
Pascual, al quedar solo, comenzó á pasear por la playa con las manos metidas en la faja, oyendo el fru-fru de sus calzones impermeables, que producían un roce de pergamino seco.
La playa estaba obscura. En las cubiertas de algunas barcas brillaban las fogatas de la cena, pasando ante ellas de vez en cuando las sombras de los tripulantes. El mar, casi invisible, marcándose en ciertos momentos con débil fosforescencia, mugía dulcemente, y á lo lejos salían de la lóbrega playa ladridos de perros y alguna voz de niño entonando una canción amortiguada por la distancia. Eran grumetes que se dirigían al Cabañal.
El Retor miraba la débil faja de la luz rojiza que aun se marcaba en el horizonte tras la línea de lejanos tejados por donde se había ocultado el sol. No le gustaba aquel color: como él decía con su experiencia de marinero, el tiempo no estaba seguro.