Pero esto le preocupó poco, pensando únicamente en sus negocios y en su dicha. No podía quejarse de la suerte. Hogar tranquilo, buena mujer, ganancias para construir antes de un año otra barca que formase pareja con Flor de Mayo y un hijo digno de él, que mostraba gran afición al mar y sería con el tiempo el mejor patrón del Cabañal. ¡Vamos, hombre! que podía tenerse por el más feliz de los mortales, y esto sin carecer de camisa como el hombre dichoso del cuento, pues tenía más de una docena y un pedazo de pan para la vejez.
Pascual, animado por la contemplación de su dicha, avivaba su torpe paso, restregándose las manos alegremente, cuando vió á poca distancia una sombra que se aproximaba con lentitud. Era una mujer; una mendiga tal vez que iría por las barcas pidiendo como limosna el desperdicio de la pesca. ¡Válgame Dios, cuánta miseria hay en el mundo! Y como al sentirse feliz quería hacer partícipe de su dicha á todo el mundo, buscó la punta de su faja, donde llevaba, enrolladas algunas pesetas con mezcla de calderilla.
—Pascualo—murmuró la mujer con voz dulce y tímida—. ¿Eres Pascualo?
¡Cristo! ¡qué chasco!... ¡Si era Rosario, su cuñada! ¿Venía en busca de su marido? Pues perdía el viaje; debía estar ya en casa esperándola para cenar.
Pero el alegre patrón quedó perplejo al saber que no buscaba á Tonet. ¿Qué hacía allí entonces? ¿Quería hablar con él? Esta pretensión le extrañaba. Trataba poco á la mujer de Tonet, y no comprendía para qué podría necesitarle. Pero en fin, podía hablar.
Se cruzó de brazos mirando su barca, en la que Pascualet y el otro gato danzaban en torno de la marmita de la cena. Esperaba las palabras de aquella sombra que permanecía con la cabeza baja, como si se sintiera poseída de invencible timidez.
Vamos, ya podía hablar: él la escuchaba.
Rosario, como quien desea acabar pronto diciéndolo todo de un golpe, irguió su cabeza con energía y clavó sus ojos en los del Retor, brillándole con misteriosa fosforescencia.
Lo que tenía que decirle era que se interesaba por la dignidad de la familia; que ya no podía sufrir más, y que ella y el Retor estaban haciendo reir á todo el Cabañal.
Á ver: ¿quién hacía reir?... ¿Él?... ¿y por qué se divertían á su costa?... Él no creía dar motivo para que se burlaran como si fuese una mona.