Pascualo—dijo Rosario con lentitud, pero con energía, como quien se resuelve á todo—, Pascualo... Dolores t’engaña.

¡Quién!... ¡su mujer le engañaba!... ¡Cristo, esto sí que era bueno!

Y como un buey que recibe un mazazo, inclinó su cabezota por algunos instantes. Pero pronto sobrevino la reacción. Había en aquel hombre fe suficiente para resistir golpes mayores.

¡Mentira!... ¡mentira! Vesten, embustera.

Si la obscuridad no hubiese sido tan densa, tal vez Rosario se habría asustado al ver la cara del Retor. Pataleaba como si de la arena hubiese salido la calumnia y quisiera aplastarla; movía sus brazos con expresión amenazante y las palabras se le escapaban barboteando como si se ahogasen en el acceso de rabia.

¡Ah, mala piel! ¿Creía ella que no la conocían?... Envidia, y nada más que envidia... Odiaba á Dolores y mentía para perderla... ¿No le bastaba con no saber dirigir al pobre Tonet, y aun intentaba deshonrar á Dolores, que era una santa?... Sí señor, una santa, y ya quisiera ella llegarle á la suela del zapato.

¡Vesten!rugía—; ¡vesten ó te mate!

Pero á pesar de las amenazas con que acompañaba su exigencia de que se fuera, Rosario permanecía inmóvil, como si resuelta á todo no le intimidaran las amenazas del Retor.

; t’engaña, Pascualo—decía con su desesperante lentitud—. T’engaña, y es en Tonet.

¡Recordons! ¿También metía á su pobre hermano en la danza? La indignación le ahogaba; aquella mentira era insufrible, y en su furor sólo sabía repetir: