¡Vesten, Rosario; vesten ó te mate!

Pero lo decía de un modo terrible, cogiendo á su cuñada por las muñecas, apretándola con furia, empujándola de un modo tan amenazador, que la pobre mujer, al desasirse, mostraba miedo y comenzó á alejarse.

Había ido allí para hacerle un favor, para que no se rieran más las gentes de él; pero ya que lo quería, podía seguir siendo un bendito.

¡Bruto... llanut!

Y escupiendo estos dos insultos como despreciativa despedida, huyó Rosario, quedando el Retor inmóvil, con los brazos cruzados.

¡Oh, qué mala piel! ¡Cuán infeliz era su hermano con una mujer así!

Sentíase satisfecho por su arranque de indignación. Buenas cosas se había oído la envidiosa: podía volver otra vez con mentiras.

Y paseaba por la arena, que humedecían las olas, sintiendo alguna vez el agua en sus gruesos zapatones.

Daba bufidos de satisfacción recordando la energía con que había procedido, pero algo le escarabajeaba en el cerebro y en el pecho, algo que crecía por momentos y le apretaba la garganta, causándole mortal angustia.

¿Y por qué no había de ser verdad lo que decía Rosario?...