Tonet había sido novio de Dolores; por el hermano conoció él á su mujer; se veían con frecuencia; hablaban solos horas enteras; ella mostraba gran interés por su cuñado... ¡Cristo! Y él sin sospechar nada, sin adivinar su deshonra... ¡Cómo se habría reído la gente!

Y pateaba con furia, cerrando los puños y profiriendo juramentos espantosos, de los que guardaba para los días de borrasca.

Pero no; no era posible. ¡Cómo gozaría la mala lengua si le viese á él con su rabieta de muchacho crédulo! Y en resumen: ¿qué le había dicho? Nada; la misma broma con que varias veces le habían molestado en la playa; sólo que los pescadores se permitían la injuriosa suposición para enfadarle y reirse de su gesto hosco, mientras que Rosario lanzaba tales calumnias con la venenosa intención de poner en discordia al matrimonio. Pero todo eran mentiras. ¿Faltarle á él Dolores? No era posible: ¡una mujer tan buena, y además con un hijo, con Pascualet, al que quería tanto!...

No podía ser. Y para convencerse mejor, para ahuyentar la angustia que le oprimía, el Retor paseaba aceleradamente y decía con voz tan alterada por la emoción, que á él mismo le parecía que era de otro:

Mentira; tot mentira.

Esto le tranquilizaba. Con tales palabras aliviábase, como si convenciera al mar, á las sombras, á las barcas que habían presenciado la calumniosa afirmación de Rosario; pero ¡ay! dentro llevaba el enemigo; y mientras la lengua repetía ¡mentira!, los oídos le zumbaban, como si aun vibrasen en ellos las últimas palabras de su cuñada: ¡Bruto!... ¡llanut!

No, ¡recristo! todo antes que eso. Al pensar que podían ser ciertas las palabras de Rosario, sentía el ansia de destrucción de que habló á Roseta días antes en el camino del Grao, y veía á Tonet y á Dolores y hasta á su hijo, como si fuesen terribles enemigos.

¿Y por qué no había de ser verdad todo?... Una mujer como Rosario, para vengarse de Dolores, podía calumniarla por el pueblo, pero ir directamente á su esposo, suponía la desesperación de la que se cree engañada.

Ahora se sentía arrepentido de haber contestado tan brutalmente á su cuñada. Debió oirla, apurar toda la amarga verdad. El mayor dolor con su terrible certeza era preferible á la inquietud.

¡Pare!... ¡pare!—gritaba una vocecita alegre desde la cubierta de la Flor de Mayo.