—¡Ah! ¡Eres tú!...
Le esperaba. Estaba segura de que vendría. Podía pasar: no le guardaba rencor por lo de momentos antes en la playa. ¡Ay! á todos les ocurría lo mismo. La primera vez que á ella le hablaron mal de su marido no lo quiso creer, no quiso oir á la mujer que la revelaba sus infidelidades, riñó con ella, y después... después fué en busca de la vecina á pedirle por Dios que hablase, como venía él ahora después que en la playa casi la había pegado.
Así son todas las personas que quieren bien; primero el furor, la rabia ante lo que creen mentira; después el maldito deseo de saber, aunque las noticias desgarren las entrañas.
¡Ay, Pascualo!... ¡Cuán desgraciados eran los dos!
Y Pascual, que había entrado en la barraca cerrando la puerta, estaba de pie ante su cuñada con los brazos cruzados, mirándola con expresión hostil. Al verla, despertábase en él el odio instintivo contra el que mata las propias ilusiones.
—¡Parla... parla!—decía el Retor con voz fosca, como si le molestaran las palabras inútiles de su cuñada—. ¡Digues la veritat!
El infeliz quería saber la verdad, toda la verdad; mostrábase amenazante por la impaciencia, pero en su interior temblaba y hubiera deseado que los segundos fuesen siglos para no llegar nunca á oir las revelaciones de Rosario.
Pero ésta hablaba ya... ¿Tenía fuerzas para oirlo y resistirlo todo? Iba á hacerle mucho daño, pero sólo le pedía que no la odiase. Ella también sufría, y si hablaba era porque no podía resistir más; porque odiaba á Tonet y á su infame cuñada; porque Pascualo la inspiraba la tierna conmiseración de los compañeros de infortunio.
Dolores le engañaba. Y no era asunto de ayer; las criminales relaciones databan de antiguo; comenzaron á los pocos meses de haberse casado ella con Tonet. Aquella perra, al ver que Tonet era de otra mujer, lo había apetecido, y por Dolores cometió él la primera infidelidad después de su boda.
—¡Pròbes... vinguen pròbes!—rugía el patrón con los ojos amarillentos que parecían herir á su cuñada.