Ésta sonreía con expresión de lástima. ¿Pruebas? que fuera á pedirlas á todo el pueblo, que hacía más de un año comentaba alegremente las relaciones. ¿No se enfadaría? ¿quería oir toda la verdad? Pues bien; hasta los gatos y los marineros jóvenes cuando hablaban en la playa de algún marido engañado, decían como exageración que era más lanudo que el Retor.

¡Recordons!—rugía Pascual cerrando los puños y pateando el suelo—. Rosario... mira lo que parles. Si no es veritat, te mate.

¡Matarla!... ¡Valiente caso hacía ella de la vida! Era hacerla un favor quitarla de en medio. Sin hijos, sola, teniendo que hacer una vida de bestia, muerta de hambre para dar alguna peseta al señor y que no la zurrase, ¿para qué quería estar en el mundo?

Mira, Pascualo, mira.

Y remangándose un brazo, mostraba sobre la blancuzca y pobre piel que envolvía el hueso y los nervios, algunas huellas amoratadas que delataban la presión dolorosa de una mano como una tenaza. ¡Y si fuese aquello solo!... En todo el cuerpo podía enseñar marcas iguales. Eran caricias del marido cuando ella le echaba en cara sus relaciones con Dolores. Aquella misma tarde le había hecho lo del brazo, antes de ir á la playa á reunirse con su cuñada, ayudándola á la venta del pescado como si fuese su marido... ¡Cuánto se habría burlado la gente del pobre Retor!

¿Quería pruebas? Pruebas tenía. ¿Por qué no se había embarcado Tonet en la primera salida? ¿Qué herida era la de la mano que sólo duró hasta que la Flor de Mayo hubo salido del puerto? Al día siguiente le vieron todos sin los engañosos trapos.

¡Pobre Pascual! Mientras él iba al mar, á dormir poco, sufriendo el agua y el viento, todo por ganarse el pan, su mujer, su Dolores, se burlaba de él. Tonet se acostaba en su cama como un señor, caliente y regalado, burlándose del hermano tonto. Sí; era verdad: podía asegurarlo; mientras él había estado en el mar, Tonet no había dormido en su barraca, y aquella misma noche estaba ausente. Se había llevado poco antes su hatillo de marinero, despidiéndose hasta la vuelta.

¡Llora, Pascualo! Su mujer y su hermano le creían pasando la noche en la playa, y tal vez en aquel momento se preparaban á acostarse en la cómoda cama del patrón.

¡Recristo!—murmuraba el Retor con acento doloroso, levantando la cabeza como si protestase contra los de arriba, que permitían que á un hombre honrado le ocurrieran tales cosas.

Pero él no se entregaba fácilmente. Su carácter honrado y bondadoso rebelábase ante tanta monstruosidad. Aunque aceptaba en su interior la revelación dolorosa, gritaba con expresión amenazante: