—¡Mentira... mentira!
Rosario enardecíase. ¿Mentira? Con hombres tan ciegos como él no valían pruebas. ¿Á qué tanto gritar? ¿Iba acaso á comérsela? Era un topo, sí señor; un topo digno de lástima que no veía más allá de sus narices. Otro en su situación ya habría adivinado desde mucho tiempo antes lo que ocurría. Pero él... ¡vaya una ceguera! Ni siquiera se había fijado en su hijo para reconocer su semejanza.
¡Esta sí que fué puñalada! El Retor, á pesar de la pátina bronceada que había dado á su tez el ambiente del mar, púsose pálido, con una blancura lívida; vaciló sobre sus robustas piernas como si la verdad le zarandease rudamente, y la sorpresa le hizo tartamudear con angustia.
¡Su hijo!... ¡su Pascualet! ¿Y á quién se parecía? Á ver: que hablase pronto la mala pécora. Su hijo era suyo, muy suyo. Á él únicamente había de parecerse.
¡Pero de qué modo reía la maldita! Parecía un sarcástico demonio. ¡Qué terrible gracia le hacía su paternal afirmación!... Y oyó aterrado las explicaciones de Rosario. Para ser hijo suyo debía parecérsele como él se semejaba á su padre, el difunto tío Pascual. Y no era así, no. Pascualet era igual á su tío: los mismos ojos, la misma esbeltez, idéntico aire de pinturero. ¡Ah, pobre Retor! ¡Ciego lanudo! Que se fijase bien y vería como su hijo era igual á Tonet en la época que vivía en la barca de la madre y correteaba por la playa hecho un pillete.
Ahora el Retor ya no dudó. Aquello lo creía á ojos cerrados. Parecía que acababan de batirle una catarata y todo lo contemplaba con mayor claridad, con nuevas formas y desconocidos relieves, como un ciego que veía al mundo por primera vez. Era verdad. Lo mismo era su hijo que el otro: varias veces, contemplándolo, había adivinado su instinto una vaga semejanza con alguien que no podía definir.
Se llevó las crispadas manos al pecho, como si fuese á desgarrarlo, á sacar de él algo que quemaba, y después se echó un fiero zarpazo á la cabeza.
—¡Recontracordons!—gimoteó con una voz ronca que alarmó á Rosario—. ¡Santo Cristo del Grau!...
Anduvo algunos pasos como si estuviera borracho y desplomóse con tanto ímpetu, que el suelo tembló con el choque de su pecho poderoso, y las piernas se levantaron á impulsos de la caída.
Cuando el Retor despertó estaba tendido de espaldas y sentía en las mejillas un cosquilleo caliente, como si algún bichillo se escurriera escarabajeando sobre su piel con tibio contacto.