Llevóse una mano penosamente á la dolorida cara, y á la luz del candil la vió manchada de sangre. Las narices le dolían; comprendió que al caer, su rostro había chocado con el suelo, produciéndose una fuerte hemorragia.

Rosario estaba arrodillada junto á él é intentaba limpiarle la cara con un trapo húmedo.

El Retor, al ver el rostro despavorido de su cuñada, recordó sus revelaciones y lanzó á Rosario una mirada de odio.

¡Que no le ayudase! Podía levantarse solo. La agradecía todo el mal que le había hecho. No; no eran necesarias excusas. ¡Si él estaba muy satisfecho!... Noticias como aquellas no se olvidan nunca. Y gracias que había tenido la pérdida de sangre, pues de lo contrario era posible que se hubiera quedado muerto en el sitio, víctima de una congestión... ¡Ay, cómo sufría!... Pero también ¡cómo se iba á divertir! Ya se cansaba de ser bueno. ¿De qué servía que un hombre fuese honrado y se quitara la piel para bien de la familia? Ya se encargaban de martirizarle los vagos y las malas pécoras que estaban en el mundo para la perdición de los hombres de bien. ¡Pero cómo iba á divertirse! ¡Cómo se acordaría el Cabañal del Retor, del famoso lanudo!

Y barboteando quejas y amenazas entre suspiros y rugidos, el patrón restregábase con el trapo el dolorido rostro, como sí aquella frescura le aliviase.

Avanzaba hacia la puerta con ademán resuelto y hundiendo sus manazas en la faja. Rosario intentaba cerrarle el paso con expresión de terror, como si acabara de despertarse en ella la loca pasión por Tonet y temiese por su vida.

Debía detenerse; esperar. ¿Quién sabe si todo eran mentiras, visiones de ella, murmuraciones de la gente? Tonet era su hermano.

Pero el Retor sonreía de un modo lúgubre. Que no hablase más; estaba convencido; se lo decía el corazón, y era bastante... El mismo temor de Rosario le confirmaba en su creencia. ¿Tenía miedo por Tonet? ¿Le quería? También él quería á su Dolores á pesar de todo. La llevaba en el pecho; por más que hiciera, no podría sacar de allí dentro á la gran... punta, y sin embargo, ya vería Rosario, ya vería todo el pueblo cómo procedía Pascualo el llanut.

—No, Pascualo—suplicaba Rosario, intentando agarrar sus poderosas manazas—. Espera.. esta nit no...atre día.

¡Oh! Él lo adivinaba. Rosario sabía que aquella noche estaba su marido en su casa junto con Dolores. Pero podía tranquilizarse. Decía bien; aquella nit no. Además, había olvidado la faca y no era cosa de matar á bocados á la infame pareja... ¡Paso libre! ¡Allí se ahogaba!