Y apartando á Rosario de un vigoroso empellón, se echó á la calle.

Su primera sensación al verse en la obscuridad fué de placer. Parecíale que acababa de salir de un horno y aspiraba con deleite la brisa cada vez más fresca.

No lucía estrella alguna; el cielo estaba encapotado, y á pesar de su situación, Pascual, con el instinto de marinero, examinó el espacio y se dijo que al día siguiente sería malo el tiempo.

Después se olvidó del mar y del próximo temporal y anduvo tiempo y más tiempo sin pensar en nada, moviendo las piernas instintivamente, sin voluntad ni rumbo determinado, repercutiéndole los pasos dentro del cráneo, como si estuviera hueco.

Sentíase tan insensible como poco antes, cuando yacía tendido sin conocimiento en la barraca de Tonet. Dormía de pie, abrumado por el dolor, pero su sueño era ambulante; y á pesar de la parálisis de sus sentidos, las piernas movíanse aceleradamente, sin que Pascual notase que pasaba siempre por el mismo sitio.

Su única sensación era de amargo placer. ¡Qué alegría poder caminar amparado por las sombras, pasearse por unas calles que á la luz del sol no tendría el valor de atravesar!

El silencio causábale la dulce sensación que siente el fugitivo al verse en el desierto, lejos de los hombres y al abrigo de la soledad.

Vió á lo lejos, marcada en el suelo la faja de luz de una puerta abierta; alguna taberna tal vez, y huyó tembloroso, agitado, como si acabase de encontrar un peligro.

¡Ay! ¡Si le viese alguien! Tal vez muriera de vergüenza. El más insignificante grumetillo le haría huir.

Obscuridad y silencio era lo que buscaba. Y caminaba sin cansarse, tan pronto por las muertas calles de la población como por la playa, que también parecía intimidarle. ¡Recristo! ¡Cómo se habrían burlado de él en los corrillos! Todas las barcas viejas debían estar en el secreto, y cuando crujían era que celebraban á su modo la ceguera del patrón de la Flor de Mayo.