Varias veces despertó del sopor que inconscientemente le hacía errar sin descanso.

Una vez se encontró cerca de su barca y otra parado ante su casa y con la mano tendida hacia el aldabón... Había que huir de allí; quería sosiego y calma; tiempo le quedaba. Y este raciocinio fué poco á poco sacando el pensamiento de su catalepsia dolorosa.

No se entregaba; ¡nunca! Sabrían todos quién era él, pero esto no impedía que encontrase ciertos motivos para disculpar á Dolores. Al fin no desmentía su casta. Era legítima hija del tío Paella, aquel borrachón que tenía por abonadas á las chicas del barrio de Pescadores, y en su casa hablaba lo mismo que si Dolores fuese otra de la parroquia. ¿Qué había aprendido de su padre? Cochinadas, nada más que cochinadas, y así había salido ella. La culpa era de él, ¡grandísimo bruto! casándose con una mujer que forzosamente había de resultar tal como era.

Ya lo decía su madre... La que mejor conocía á Dolores era la siñá Tona, cuando se oponía á que la hija de Paella fuese su nuera. Dolores era una mala mujer, pero él no podía chillar muy alto, pues resultaba culpable por haberse casado con ella.

Á quien odiaba era á Tonet... ¡Deshonrar á un hermano! ¿Cuándo se había visto tal monstruosidad? Tenía que arrancarle el alma.

Pero apenas formulaba en su interior los horribles deseos de venganza, surgía la protesta de la sangre. Oía la voz de Rosario diciéndole como amarga advertencia que Tonet era su hermano. ¿Cuándo se había visto que un hermano matase á otro? Caín únicamente, aquel hombre perverso, del que había oído hablar con tanta indignación al cura del Cabañal. Además, ¿Tonet era culpable?... No; el culpable era él, nadie más que él. Ahora lo veía con claridad. Le había quitado la novia al pobre Tonet; Dolores y él se amaban antes de que el Retor pensase en decir una palabra á la hija de Paella; y había sido una barbaridad, como todo lo suyo, casarse con una mujer que era de su hermano.

Lo que ahora le afligía era forzoso que ocurriese. ¿Qué culpa tenían los dos si al verse juntos, en continuo trato por el parentesco, había resucitado la antigua pasión?

Se detuvo unos instantes, como abrumado por la culpabilidad que le parecía evidente, y al darse cuenta del lugar donde se hallaba, vióse en la playa, á pocos pasos de la taberna de su madre.

La barcaza vieja y sombría, asomando entre las cercas de cañas, evocó el recuerdo del pasado. Vióse pequeño, correteando por la playa, llevando en brazos á su hermano, al diablejo exigente que le martirizaba con sus caprichos de arrapiezo rabioso. Su vista parecía traspasar las viejas tablas de la barcaza y veía el angosto camarote, sentía la tibia caricia de la colcha que cubría amorosamente á los dos; á él cuidadoso y solícito como una madre, y al otro, á su compañero de miseria, que apoyaba sobre sus mejillas la morena cabecita.

Sí; tenía razón Rosario. Era su hermano; mejor aún: era su hijo, pues él, más que la siñá Tona, había cuidado del encantador pillete, plegándose á todas sus exigencias como esclavo cariñoso.