¿Y le había de matar?... ¡Dios mío!... ¿Quién había imaginado tal monstruosidad? No; perdonaría; por algo era cristiano y creía á ojos cerrados en todas las palabras de su amigo don Santiago.
La calma absoluta de la playa, su obscuridad de caos, la ausencia completa de todo ser humano, infiltraban la dulzura en su indignada rudeza, inclinándole al perdón.
Pascual sentíase nacer á una vida nueva; hasta le parecía que era otro quien pensaba por él. La desgracia aguzaba su inteligencia.
Dios era el único que le veía en aquel momento: á Él solo tenía que dar cuentas. ¿Y qué le importa á Dios que una mujer engañe á su marido? Pequeñeces, miserias de los gusanillos que pueblan este mundo; lo importante era ser bueno y no contestar á la infidelidad con un nuevo crimen.
El Retor regresó lentamente hacia el Cabañal. Experimentaba gran alivio; la frescura del ambiente parecía haber penetrado en su ardoroso interior. Sentíase débil. Desde por la mañana no había comido, y el golpe en la cara le causaba una picazón molesta.
Sonaban á lo lejos relojes dando la hora... ¡Las dos! Parecía imposible la rapidez con que había transcurrido el tiempo. Más pesadas le resultarían las pocas horas que quedaban hasta el amanecer.
Al entrar en la calle oyó una voz de niño que cantaba. Algún grumetillo que iba hacia su barca. El Retor le distinguió en la obscuridad pasando por la acera de enfrente, cargado con dos remos y un lío de redes. Aquel encuentro le trastornó rápidamente.
Dentro de él existían dos seres; ahora lo comprendía. El uno era el de siempre, el bondadoso y cachazudo, penetrado de afecto á todos los suyos; el otro la bestia que él presentía cuando pensaba en la posibilidad de ser engañado, y que ante la traición estremecíase con el delirio de la sangre.
En la obscuridad sonó una risotada fosca y estridente del Retor. ¿Quién hablaba de perdonar? ¡Valiente paparrucha! Reíase él del imbécil que momentos antes se enternecía como un niño ante la barcaza de la siñá Tona. ¡Lanudo!... ¡Cobarde! Todos sus lloriqueos eran excusas de poltrón, pretextos de un hombre sin agallas para vengarse. Que perdonase don Santiago y todos los que sabían decir cosas tan bonitas... Él era un marinero, un hombre con más colgantes que un toro pardo, y el que se la hacía, ¡redeu!, se la pagaba, así se metiera en el vientre de un tiburón. ¡Lanudo!... ¡Cobarde!
Y el patrón, ofendido por el recuerdo de la pasada debilidad, se insultaba, dábase furiosos puñetazos en el pecho, como si quisiera castigar la bondad de su carácter.