¡Perdonar!... Aun podría hacerlo viviendo en un desierto; pero él vivía en un pueblo donde todos se conocían; dentro de pocas horas, así como pasaba aquel chicuelo, irían por las calles centenares de personas que al verle se tocarían con el codo, diciendo entre risas: Ahí va Pascualo el llanut; y eso no, ¡Cristo! antes la muerte. No le había echado su madre al mundo para hacer reír á todo el Cabañal como si fuese un mico. Mataría á Tonet, á Dolores, á medio pueblo si se le ponía delante, y después, ¡venga lo que Dios quiera! El presidio se ha hecho para los hombres que tienen agallas; y si le tocaba lo otro, lo peor, también lo aceptaba. Si había de morir sobre la cubierta de su barca, lo mismo le daba que le apretasen el cuello en alto: todo era caer sobre tablas... ¡Recristo! Ahora verían quién era él.

Y echó á correr con los brazos encogidos, la cabeza baja, rugiendo como si fuese á acometer, dando furiosos encontronazos en las esquinas, guiado por el instinto, por el ansia de destrucción que le llevaba rectamente hacia su casa.

Agarró la aldaba, y aquello fué un repiqueteo feroz é incesante que conmovió la puerta, haciendo crujir las grietas de la madera. Quiso gritar, insultar á los infames para que saliesen; escupirles las tremendas amenazas que le bullían dentro del cráneo, pero no pudo; sentía una parálisis en la cabeza, como si toda la vida se hubiese concentrado en sus manazas, que casi arrancaban el aldabón, y en los pies, que golpeaban la puerta, incrustando en las maderas los clavos de sus zapatos.

Aquello era poco: más aun; para que rabiase el par de canallas. Y agachándose, agarró de en medio de la calle un enorme pedrusco y lo arrojó como una catapulta contra la puerta, que crujió dolorosamente, conmoviendo toda la casa.

En el silencio que se hizo después de este estrépito, el Retor oyó el ruido de algunas ventanas que se abrían cautelosamente. Quería venganza, pero no que se rieran los vecinos.

Adivinó lo ridículo de la situación si le sorprendían golpeando la puerta de su casa, mientras los otros estaban dentro, y aterrado por las nuevas burlas que caerían sobre él, huyó y fué á refugiarse en la esquina inmediata, donde quedó agazapado.

Oyéronse cuchicheos y risas por un rato, pero después se cerraron las ventanas y la calle quedó otra vez en silencio.

El Retor, con sus ojos de buen marinero, acostumbrado á las noches lóbregas, veía desde la esquina la puerta de su casa. Allí permanecería si era preciso hasta que saliera el sol.

Esperaba á su hermano... ¡Á su hermano, no! Al canalla de Tonet; y cuando saliera... Era lástima no tener la faca á mano, pero le mataría de cualquier modo; le apretaría el gaznate ó le machacaría el cráneo con cualquier pedrusco de la calle. En cuanto á ella, entraría después en su casa y la abriría el vientre con el cuchillo de la cocina ó haría otra cosa semejante. ¡Ya veríamos! Puede que al pasar el tiempo se le ocurriera otra barbaridad más chistosa.

Y el Retor, agazapado en la esquina, entreteníase en discurrir tormentos, gozaba recordando cuantas clases de muerte había oído relatar; las aplicaba todas á la infame pareja y hasta regodeábase mentalmente con la esperanza de encender en la playa una pira de barcos viejos, tostándolos á los dos á fuego lento.