¡Qué frío hacía!... ¡Y qué mal iba sintiéndose el pobre Retor! Pasada la locura furiosa que le acometió al encontrarse con el grumete, sentía ahora una laxitud general, una debilidad que le paralizaba. La humedad de la noche parecía penetrar hasta sus huesos, y el estómago le atormentaba con dolorosos estremecimientos. ¡Ay, Dios! No en balde se sufren los pesares. ¡Qué enfermo se sentía!... Por esto tenía que matar á aquellos infames, ó de lo contrario acabarían con él á fuerza de disgustos.

Aquella misma noche había conocido su desgracia, y ya se sentía envejecido, con el robusto corpachón dominado por extraña debilidad.

¡Las tres! Con qué lentitud pasaba el tiempo. Y seguía allí, inmóvil, sintiendo que la parálisis de sus miembros se apoderaba también de su pensamiento.

Ya no imaginaba terribles castigos; no pensaba nada, y más de una vez se preguntó qué hacía allí. Toda su voluntad estaba concentrada en los ojos, que no se apartaban ni un sólo instante de la cerrada puerta.

Hacía ya mucho rato que habían sonado las tres y media, cuando el Retor creyó percibir un ligero chirrido y que se abría el postigo de su casa. Un bulto se despegó de la obscura puerta, y por unos instantes estuvo inmóvil, como si mirase á ambos lados de la calle temiendo ser espiado.

Volvió á percibirse el chirrido, el choque de las maderas cerrándose, al mismo tiempo que el Retor, entumecido por la humedad, se incorporaba trabajosamente.

Por fin, le llegaba su hora buena. Y corrió hacia el bulto, pero éste tenía unas piernas envidiables, y al ver venir un hombre dió un salto prodigioso y emprendió carrera. Los vecinos madrugadores oían desde la cama la ruidosa persecución, aquel galope furioso que hacía temblar las aceras de ladrillos.

Perseguíanse jadeantes é impetuosos en la obscuridad. El Retor se guiaba por una mancha blanca, algo así como un hatillo que aquel hombre llevaba en la espalda, pero á pesar de sus esfuerzos adivinaba que perdería la pista, pues la distancia entre él y el perseguido aumentaba rápidamente. Sus piernas de marinero eran para sostenerse erguido en la borrasca, no para correr; entorpecíale el entumecimiento de la humedad, y además, bien conocía que había de habérselas con su hermano, famoso desde pequeño por su agilidad y ligereza.

En una encrucijada le perdió de vista, como si se hubiera disuelto en la sombra. Huroneó por las calles inmediatas buscando al perseguido, sin encontrar el menor rastro. ¡Buenas piernas tenía el ladrón!

Abríanse algunas puertas dando paso á los madrugadores que tenían trabajo en la playa, y el Retor huyó, dominado por el terror que le inspiraba la presencia de extraños.