Nada le quedaba ya que hacer. Había perdido hasta la esperanza de vengarse. Y se encaminó á la playa, temblando de frío, sin voluntad, sin fuerzas para pensar, resignado con su suerte.
Comenzaba el movimiento en torno de las barcas. Sobre la obscura arena brillaban como luciérnagas los rojos farolillos de la marinería que acababa de despertar.
El Retor vió la luz en la taberna de su madre; Roseta había levantado la hoja de madera que se cerraba sobre el mostrador, y estaba tras éste, arrebujada en su mantón, soñolienta, con la aureola de rubios y encrespados cabellos escapándose por bajo del pañuelo de seda y la naricilla roja por el frío del amanecer.
Esperaba á los primeros parroquianos y tenía sobre el mostrador, pronta á servir, los vasitos y la botella de aguardiente. La madre dormía aún en su camarote.
Cuando Pascual se dió cuenta de lo que hacía, ya estaba plantado ante el mostrador... ¡Una copa! Roseta, en vez de servirle, le miraba fijamente con sus ojos claros y sin expresión, que parecían registrarle hasta el alma. El Retor temblaba... ¡Ah! aquella chiquilla... ¡qué lista era! Todo lo adivinaba, y por esto el patrón, para salir del paso, apeló á la brutalidad.
¡Recordons! ¿No había oído? Quería una copa, y realmente la necesitaba para echar lejos de sí el frío mortal que le congelaba las entrañas. Él, siempre tan sobrio, quería beber, emborracharse, anegar en aguardiente su entorpecimiento de idiota que le dominaba.
Bebió... ¡Otra! ¡y otra después! y mientras tragaba el aguardiente de un sorbo, su hermana no dejaba de servirle, siempre con la mirada fija en él, como si leyese en su rostro todo lo ocurrido.
¡Qué bien se encontraba Pascual! ¡Oh! aquello reanimaba. Parecíale que la fría atmósfera del amanecer se iba caldeando; sentía un tibio cosquilleo bajo la piel y casi se reía de la veloz persecución por las calles que tanto le había fatigado.
Experimentaba la necesidad de ser bueno, de querer á todo el mundo, comenzando por aquella chica, por su hermana, que seguía mirándole. Sí; lo proclamaba él muy alto. Roseta era la honra de la familia; todos los demás unos cochinos, y él el primero. ¡Ah, Roseta! ¡Qué talento tenía! ¡Qué finura! Sabía decir las cosas con diplomacia; bien se acordaba él de lo del camino del Grao; no era como otras locas que daban disgustos de muerte y ponían á un hombre á dos dedos de la perdición. Y además, ¡qué talento! Ella estaba en lo cierto. Los hombres eran todos unos pillos ó unos imbéciles: que pensase así por muchos años. Más valía aborrecer á los hombres que no fingirles cariño como otras, para después engañarlos y perderlos. ¡Ay, Roseta! ¡hija mía!... ¡Cuánto valía aquella chica!
Y el Retor, enardeciéndose por momentos, braceaba y gritaba, oyéndosele desde lejos. Sonó un roce fuerte dentro del camarote de Tona, y al través de la gruesa cortina salió su ruda voz con inflexión cariñosa: