—¿Eres tú, Pascualo?
Sí, era él, madre; iba á la barca á ver lo que se hacía. No debía levantarse aún, pues el tiempo era malo.
Comenzaba á amanecer. En el horizonte, sobre la obscura faja del mar, marcábase otra de luz débil y lívida. El cielo estaba encapotado, y en la playa una densa bruma borraba el contorno de los objetos, que se marcaban como ligeras manchas.
El Retor pidió otra copa: la última; y antes de alejarse pasó su callosa mano por las frescas mejillas de Roseta.
¡Adiós! Ya lo sabía; ella era la única mujer buena de todo el Cabañal. Debía creerle á él, que era su hermano. ¡Que no se casase nunca!
Cuando llegó cerca de la Flor de Mayo silbando con indiferencia, cualquiera lo hubiera creído alegre, á no ser por el extraño brillo de sus ojos amarillentos, que parecían salirse del rostro, rubicundo por el alcohol.
Sobre la cubierta de la barca, erguido con petulancia, como si quisiera enterar á todo el mundo de que estaba allí, mostrábase Tonet. Á sus pies veíase el blanco hatillo, el mismo que saltaba sobre su espalda al correr por las calles del Cabañal.
—¡Bòn día, Pascualo!—gritó al ver á su hermano, como si tuviera prisa por hablarle y desvanecer las temerosas sospechas que sentía.
¡Ah, ladrón!... ¡Y qué desvergonzado era! Pero antes de que Pascual pudiera contestarle, cuando comenzaba á sentirse invadido por la misma fiebre de horas antes, vióse rodeado por algunos compañeros.
Los patrones de las barcas celebraban consejo: se agrupaban sin quitar la vista del horizonte.