El tiempo presentábase amenazador, resultaba temerario el salir. Era lástima, porque el pescado se presentaba tan abundante, que podía cogerse con las manos; pero la piel de un hombre vale más que el negocio.
Todos eran de la misma opinión. El tiempo se ensuciaba; había que quedarse.
Pero Pascual protestó. ¿Quedarse? Eso que lo hiciera quien quisiera. Él á la mar iba. Aun no se habían conocido temporales bastante fuertes para darle miedo. El Retor decía esto con resolución, como si le ofendieran aquellos propósitos de quedarse. El que no tuviera... agallas que no saliera. Allí quería él ver hombres.
Y volvió la espalda sin atender razones. Quería huir de tierra, alejarse de aquellos que le conocían y sabiendo su desgracia podían burlarse. ¡A la mar!... Ya llegaban los bueyes del arrastre. A ver: ¡los de la Flor de Mayo! ¡Todo el mundo á tierra! Á poner los parados para echar la barca al agua.
Y la gente de á bordo, influída por la costumbre, obedeció al patrón. El tío Batiste fué el único en protestar con toda su autoridad de lobo marino.
¡Rediel! Aquello era una barbaridad. ¿Dónde tenía los ojos el Retor? ¿No veía acercarse el temporal?
Mutis, agüelo. Aquello, cuando más, reventaría en agua; y al que está acostumbrado al mar, le importa poco un chubasco más ó menos.
Pero el viejo seguía protestando. Reventaría en agua ó en viento, y si ocurría esto ya podían rezar el último padrenuestro los pescadores á quienes pillase.
El patrón protestó con una rudeza extraña en él, que trataba siempre con respeto al viejo... ¡Tío Batiste, á casa! Sólo servía ya para sacristán del Cabañal. Él no quería carroñas ni cobardes en su barca.
¡Recontracordons!... ¡Cobarde él! ¡Un hombre que había ido en falucho á la Habana y naufragado dos veces! ¡Redeu! (y que le perdonase el pecado el Santo Cristo del Grao); si tuviera veinte años menos, por aquella palabra ya hubiera sacado la faca, tirándole las tripas al suelo. ¡Á la mar! Que todo se lo llevase el demonio! Bien lo decía el refrán: Donde hay patrón no manda marinero.