Y mascullando su indignación, ayudó á colocar las últimas viguetas, cuando la proa de Flor de Mayo tocaba ya el agua.

Otra pareja de bueyes arrastraba al mismo tiempo la barca vieja que el Retor tenía alquilada para formar pareja con la suya.

Al poco rato ambas embarcaciones balanceábanse sobre las rompientes de la playa é izaban su gran vela latina, tomando viento con rapidez.

Los patrones agrupábanse en la playa perplejos y agitados, mirando con codicia las dos barcas que se alejaban y haciendo indignados comentarios.

Aquel lanudo se había vuelto loco. El muy ladrón iba á hacer su negocio, y ellos, por cobardes, se quedarían con las manos en los bolsillos.

Esta suposición les irritaba, como si el Retor fuese á apoderarse de toda la pesca que había en el mar. Los más codiciosos y audaces se decidieron. ¡Ea! ellos eran tan hombres como el que más y podían ir donde fuese otro. ¡Barcas al agua!

La resolución fué contagiosa, y los boyeros no sabían dónde acudir, pues todos querían ser los primeros, como si se hubiera generalizado la locura del Retor. Parecía que todos temiesen ver agotada la pesca de un momento á otro.

Las mujeres en la playa gritaban de miedo al ver á sus hombres lanzarse en tal aventura, y proferían maldiciones contra el Retor, un lanudo que quería perder á toda la gente honrada del Cabañal.

La siñá Tona, en ropas menores, con la escasa cabellera gris flotando sobre el cráneo, acababa de llegar á la orilla. Estando en la cama le habían dicho la locura de su hijo y corría á evitarla. Pero las dos barcas ya estaban muy lejos.

¡Pascualet!—gritaba la pobre mujer formando bocina con las manos—. ¡Fill meu!... Torna... torna.