Y al conocer que no podían oirla, tirábase de los escasos pelos y prorrumpía en gemidos y aclamaciones.
María Santísima: su hijo iba á morir. Se lo decía el corazón. ¡Ay, reina y soberana! Todos morirían; sus dos hijos, su nieto: parecía que una maldición pesase sobre la familia. La mar cochina se los tragaría á todos, como ya había devorado á su pobre Pascual.
Y mientras la pobre mujer gritaba como una loca y las demás le hacían coro, los marineros, ceñudos y sombríos, empujados por el egoísmo de la existencia, por la conquista del pan, que hace afrontar los mayores peligros, entraban en el agua hasta la cintura y montaban en sus barcas, tendiendo las grandes velas.
Y poco después, un enjambre de manchas blancas marcábase en la bruma de aquel amanecer tempestuoso, corriendo desbocadas mar adentro, como si las atrajera el imán de la fatalidad.
X
Á las nueve navegaba la Flor de Mayo á la vista de Sagunto, en el espacio libre que el tío Batiste—con su afición á guiarse más por el fondo del mar que por los accidentes de la costa—marcaba entre la Roca del Puig y el Algar de Murviedro.
Ninguna pareja se había atrevido á ir tan lejos.
Por la parte de Valencia, y prolongándose hacia Cullera, marcábanse como puntos blancos las otras barcas emparejadas.
El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan intenso, que en la lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del ébano. Ráfagas largas y frías agitaban las velas, causando ruidosos estremecimientos.
La Flor de Mayo y la otra barca de la pareja avanzaban con las velas desplegadas, arrastrando la red del bòu, que cada vez se hacía más pesada y tirante.