El Retor iba en su sitio de popa, empuñando la caña del timón. Apenas si miraba el mar: el instinto era quien movía su mano para enderezar la marcha de la barca.

Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que salieron parecía huir de él. Cuando no miraba á su hermano, contemplaba á Pascualet, erguido al pie del mástil, como si con su desmedrada figurilla quisiera desafiar á aquel mar que en su segundo viaje comenzaba á mostrarse alborotado.

La barca daba algunos tumbos al saltar las olas, cada vez más violentas, pero los tripulantes eran gente avezada al mar y andaban sobre la movediza cubierta con gran seguridad, expuestos á cada paso á caer al agua.

El Retor no apartaba la vista de su hermano y su hijo, y sus ojos iban con expresión interrogante de uno á otro, como si mentalmente hiciese una minuciosa comparación.

Su calma era de las que inspiran pavor. Estaba pálido, á pesar de lo bronceado de la tez; sus ojos tenían el enrojecimiento de la vigilia, y apretaba los labios como si temiera que se escapasen las palabrotas de ira que afluían á su lengua y que mascullaba sordamente.

No le había engañado Rosario. ¿Dónde tenía antes los ojos, que no había visto la asombrosa semejanza? ¡Cómo se habría reído de él la gente! Su deshonra estaba visible; era la misma cara, el mismo gesto. Pascualet le recordaba al otro chicuelo delgado y nervioso, al que él sirvió de niñera en la playa. Era el hijo de Tonet, no podía negarlo.

Y el patrón, conforme se convencía de su deshonra, arañábase el pecho y lanzaba miradas de odio al mar, á su barca y á los marineros, que á hurtadillas le examinaban con inquietud, creyendo que aquella ira se la causaba el mal tiempo.

¿Para qué quería ya trabajar? No mantendría más á la perra que por tanto tiempo le había puesto en ridículo: ¡adiós ilusiones de crear un porvenir á Pascualet, de hacerle el pescador más rico del Cabañal! ¿Era acaso suyo para interesarse tanto por su suerte? Nada deseaba ya en el mundo; morir y que pereciera con él toda su obra.

Odiaba ahora á su Flor de Mayo, la hija de madera, á la que hablaba como si fuese un ser animado; deseaba su extinción, su inmediata pérdida, como si le avergonzase el recuerdo de las dulces ilusiones que acariciaba cuando estaba ocupado en su construcción. Si el mar hubiera obedecido á sus deseos, cualquiera de aquellas olas, en vez de levantar á la barca rudamente sobre su espumeante cima, se hubiera abierto para tragarla.

La red era cada vez más pesada, y las barcas, arrastrando la enorme pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.