De la barca vieja que formaba pareja con Flor de Mayo, preguntaban si era llegado el momento de chorrar.
El Retor sonrió con amargura. Bueno, que chorrasen; lo mismo le importaba ahora que después. La tripulación de Flor de Mayo agarró el cabo de la red que arrastraba la pareja y comenzó á tirar con gran esfuerzo.
Tonet y los marineros, á pesar de lo ruda que era la faena y del mal tiempo, mostrábanse alegres. ¡Vaya una pesca! Á quintales iba á salir el pescado.
El tío Batiste, tendido en la proa y mojado por los espumarajos de las olas, miraba al horizonte por la parte de Levante, donde el celaje plomizo parecía condensarse, formando una masa de negruzco vapor.
Llamaba á Pascual para que prestase atención; pero el Retor tenía fijos sus ojos en el grupo de tripulantes que tiraban de la red. Por una casualidad, Tonet y su sobrino estaban juntos, y la semejanza de sus rostros resaltaba aun más ante la mirada del patrón.
—Pascualo... Pascualo—gritó el viejo pescador con voz algo temblorosa—. Ya está ahí.
¿Quién?... ¡Quién había de ser! La tempestad, la tormenta que desde el amanecer estaba esperando el tío Batiste.
La masa de sombras que se aproximaba agrandándose por momentos, se abrió con la luz cárdena de un relámpago; después sonó el trueno, como si todo el cielo fuese una inmensa pieza de tela que se rasgaba con estrépito.
Sólo faltaba lo otro, el terrible Levante, que barre impetuosamente con hálito de muerte todo el golfo de Valencia; y el Levante llegó.
La Flor de Mayo tendióse de costado sobre el agua, como si una mano poderosa, agarrando su quilla, pugnase por voltearla. El agua invadió la cubierta, y la gigantesca vela se extendió como una sábana sobre las olas, aleteando, volviendo á caer como un pájaro moribundo.