Esta caída de lado, que iba á hacerles zozobrar, fué obra de un instante: el primer impulso del vendaval que, pillando de lleno la tendida vela, la aplastó sobre el agua, tumbando á la barca.

El tío Batiste y el Retor, arrastrándose por la cubierta, llegaron hasta el mástil, y deshaciendo el nudo de las jarcias, arriaron la vela.

Esta maniobra salvó á la barca que, libre de la presión de la vela, se enderezó con un golpe de mar.

La Flor de Mayo, con el timón abandonado, giraba como una peonza en las aguas bullentes, que se hinchaban con lívidas y arrolladoras tumefacciones.

El Retor corrió á popa á agarrar la caña. La barca se movía con dificultad. Arrastraba la pesadísima red que momentos antes había contribuído á su salvación, sirviendo de contrapeso á la vela combatida por el huracán.

El patrón vió á la otra barca de la pareja sin aparejo, con el mástil roto, alejarse, presentando la popa.

Los tripulantes habían cortado la red para no zozobrar con su peso y huían hacia Valencia, perseguidos por el furioso Levante, que levantaba enormes olas, rectas como muros, arrolladoras y voraces y que de pronto se combaban y caían con ensordecedor estrépito, sólo comparable al de los truenos que rasgaban continuamente el espacio.

Era preciso imitar el ejemplo, librarse del peso que entorpecía la maniobra y poner la proa hacia Valencia.

La cuerda de la red fué cortada, desapareció arrastrado por las olas el peso que parecía apresar á la barca, y la Flor de Mayo obedeció con más facilidad el timón.

El Retor ostentaba la serenidad sublime de las grandes ocasiones. ¡Oído todo el mundo! Atención á lo que él mandase y á obedecer con prontitud.