En el último sitio de Cádiz se luchaba sin ánimo de triunfar y únicamente por cumplir con el deber. Todos los personajes que estaban encerrados en Cádiz sabían cuál iba a ser su muerte y la aguardaban pacientemente. Argüelles pensaba en la próxima emigración; el canónigo Villanueva se entretenía escribiendo sonetos y letrillas contra Angulema y los absolutistas; el marino Valdés se convencía de que era inútil pensar en revivir la célebre defensa por él organizada en 1810, y, entre tanto, Fernando distraía sus ocios remontando cometas de varias formas y colores en el tejado de la Aduana, sistema de telegrafía óptica que enteraba a los sitiadores de cuanto en la plaza ocurría.
La toma del Trocadero fué la única operación que honró militarmente a los invasores; pero aquel simple acto de guerra, que resultaba una bagatela para las legiones de Napoleón, fué pregonado por la Fama del realismo como una hazaña al lado de la cual las proezas de Aníbal y de Alejandro quedaban obscurecidas.
La restauración borbónica, tan mezquina en Francia, como en España, necesitaba aumentar la importancia de los hechos para adquirir ese prestigio que tan necesario es a los tiranos.
Por desgracia para la causa realista, la gloria le volvía la espalda, y para que el mundo no se apercibiera de tal desdén, se veía obligada a falsificar los hechos. Ni más ni menos que esos amantes desdeñados en cuya boca los más insignificantes favores de la mujer ansiada se convierten en comprometedoras y decisivas concesiones.
XI
Cómo termina un calavera
Entre el tropel de esbirros de la tiranía, que como un cinturón de hierro y bocas de fuego rodeaba los muros de Cádiz, figuraba el conde de Baselga, realista decidido y hombre de gran porvenir, del cual se ocupaban periódicos tales como “La Atalaya de la Mancha”, “El Regenerador”, y otros papeluchos redactados por furibundos frailes, citando al Capitán de la Guardia como un modelo de fieles defensores del despotismo.
¡Quién podía saber con certeza el número de barbaridades que el ilustre Baselga había cometido desde agosto de 1822 hasta aquel momento, defendiendo en los montes con más aire de bandido que de militar la causa del Rey y de la Religión!
Al frente de unas guerrillas compuestas de fanáticos y de gente perdida, había pasado más de un año en los montes de Aragón, operando unas veces con entera independencia y otras a las órdenes de Bessieres, el aventurero francés que en 1822 era sentenciado a muerte por conspirador republicano y en 1823 se distinguía mandando a los feroces “feotas”, nombre que los liberales daban a los defensores del absolutismo, por llamarse con énfasis soldados de la Fe.
Con gran disgusto de Baselga, las necesidades de la guerra le habían llevado de Aragón a Valencia, y de este último punto tuvo que salir para Andalucía, no pudiendo dirigirse a Madrid, donde ya funcionaba con el carácter de Gobierno la reaccionaria regencia formada en Urgel.