El final del período liberal tuvo algo de la rapidez del vértigo y mucho de la vaguedad del sueño.
EL avance de las bayonetas francesas hizo salir de Madrid a toda prisa a ministros y periodistas, diputados y milicianos, formando inmensa caravana que, semejante al vagabundo pueblo de Israel, llevaba como arca santa la chusca persona de Fernando VII. Este se reía interiormente de la candidez de aquellos revolucionarios tan respetuosos siempre con el mismo hombre que les daba muerte. Todos ellos sabían que el mismo monarca era quien movía el ejército invasor que venía pisándole los talones, y ni a uno solo de los fugitivos se les ocurrió encargar a su fusil la misión de librar a España del monstruo que pocos meses después había de ensangrentarla con horribles venganzas.
El más vergonzoso rebajamiento se había apoderado de nuestro pueblo, y como si quisiera poner su adoración al nivel de su vileza, tributaba homenajes a los seres más abyectos.
El país, que doce años antes había admirado a Mina y al Empecinado, se entusiasmaba ahora con las proezas de cuatro bandidos que vestían el sayal frailuno y con la cruz en una mano y el trabuco en la otra, iban sembrando el incendio y la muerte, queriendo exterminar “a los negros” hasta la cuarta generación. Los mismos que habían aplaudido a Argüelles y a Muñoz Torrero, miraban ahora como dechados de sabiduría a los pedantes y covachuelistas que componían la Regencia de Urgel.
El “Trapense”, una fiera con hábito, era el héroe de la situación. Creíase que su trabuco tenía el poder de hacer milagros, y cuando el fraile guerrillero, llevando a la grupa a la hermosa aventurera Josefina Comeford, penetró en Madrid, el mismo pueblo que tres años antes había tirado de la carretela en que iba Riego, se arrojó bajo las herraduras del caballo con la misma entusiástica indiferencia del indio que desea ser aplastado por el carro del ídolo y ganar el cielo.
Una bendición de aquella mano era una dicha que muchos solicitaban. La mano del “Trapense” estaba, sin duda, santificada por Dios, pues nunca la abatía el cansancio. Prueba de ello, era la rapidez y limpieza con que degolló uno tras otro, sin interrupción, setenta y seis soldados constitucionales, que fueron hechos prisioneros en la toma de Seo de Urgel.
Barrido de Madrid y Sevilla, el Gobierno liberal, siempre fugitivo y vagabundo con rumbos inciertos, fué a refugiarse en Cádiz. La Constitución de 1812, semejante al hijo pródigo, después de correr grandes aventuras, volvía decaída y derrotada a morir en el mismo punto donde nació.
Allí fueron a buscarla sus implacables enemigos, y el ejército de Angulema, en unión de algunas de las hordas realistas que le precedían, a guisa de avanzadas, estableció el sitio de Cádiz.
Los muros de la inmortal ciudad volvieron a conmoverse con el estampido de los cañones franceses; pero entre el sitio de 1810 y el de 1823, hubo tanta diferencia como la que existe desde el drama a la comedia.
Ni Angulema era Soult, ni aquellos liberales, fugitivos, desilusionados, y que se batían por “el qué dirán” y por dar a su bandera cierta gloria antes de plegarla, podrían compararse con los gaditanos de 1810, que, después de asistir a las sesiones de las célebres Cortes, empuñaban el fusil con la mente llena de sublimes pensamientos e iban a morir en las trincheras.