En la tercera noche, Baselga, que arruinado ya, había pasado de banquero a la simple calidad de mirón, fué avisado por su asistente de que fuera de la tienda le esperaba un caballero que decía acababa de llegar de Madrid.
Júzguese con qué rapidez acudiría el joven al llamamiento y cuál sería su sorpresa al conocer que el enviado del padre Claudio no era otro que el señor Antonio, el vejete realista que completaba su antiguo traje con un gran sombrero de los que se llevaban a principios del siglo, llamados de “medio queso”.
El conde experimentó la mayor alegría al ver al eterno acompañante de su amada. Hasta le pareció que en él había algo que evocaba la seductora imagen de Pepita y que su mugrienta casaca exhalaba el mismo perfume de su hechicero cuerpo. Quien haya estado enamorado comprenderá inmediatamente tan extraña aberración.
No fueron pocas las preguntas que apresuradamente disparó Baselga sobre el vejete; pero éste, con gran calma, le agarró suavemente por uno de sus brazos y le fué alejando de la tienda.
—Si le parece a usted, señor conde—dijo el señor Antonio—, pasaremos por sitio donde no nos puedan oír, pues tengo que comunicarle cosas graves.
Dirigiéronse los dos hombres a los límites del campamento y comenzaron a pasear a lo largo de una de las trincheras, cuidando de no acercarse demasiado a un centinela que contemplaba curiosamente las idas y venidas de aquella pareja, cuyas sombras dilataba fantásticamente la luna sobre el suelo.
—Comenzaré por indicarle—dijo el viejo—que yo no vengo enviado aquí por mi señora, sino por el reverendo padre Claudio.
—Lo sabía desde anteayer.
—¿Le ha escrito a usted mi señora?—preguntó con sorpresa el vejete—. Lo ignoraba; pero ya nos lo recelábamos el bueno del padre y yo. La pobre baronesa... ¡le quiere a usted tanto!
Y el señor Antonio quedóse cabizbajo al decir estas palabras, como si lamentara en el fondo de su pecho que su ama se hubiese enamorado de semejante perillán.