—Yo—continuó el viejo con acento triste—conozco a la señora baronesa casi desde que nació, y aunque cometa una censurable irreverencia, digo que la amo como si fuese hija mía. Juzgue usted cuál será mi dolor hoy que la veo deshonrada.

—¡Deshonrada!..., ¿por quién?

—Usted lo sabe mejor que nadie. La señora, corazón sencillo e ingenuo, se dejó engañar por un hombre audaz que cayó moribundo a la puerta de su casa, y el premio de su cristiana caridad ha sido la deshonra.

—¡Señor Antonio! Mida sus palabras, que ya sabe usted quién soy yo y qué genio gasto. La señora baronesa me ama tanto como yo a ella; pero esto no autoriza a nadie para que hable de deshonra ni ponga mi honor en duda.

—Es ya inútil todo fingimiento. Lo sé todo, y así como yo, cuantos entran en nuestra casa de Madrid. La pasión carnal que usted encendió en el pecho de la señora la hizo caer, y hoy el fruto del pecado atestigua su deshonra.

—¡Fruto de deshonra!—exclamó el joven, con tanta extrañeza como miedo—. ¿Qué quiere usted decir, señor Antonio? ¡Por Dios!, explíquese usted.

—La señora baronesa ha tenido una niña hace tres meses. Usted es su padre.

Ante esta lacónica respuesta, Baselga no supo lo que le pasaba. De un golpe penetró en el misterio que envolvían las palabras de la carta de Pepita, y quedó asombrado, pues todo lo esperaba menos aquella noticia.

—¡Ya ve usted—continuó el viejo—cuán dolorosa es la situación de mi señora! ¡Una dama modelo de virtudes y de recato, una señora considerada hasta por el mismo rey a causa de su profundo talento, caer de repente de tan envidiable altura para ponerse al nivel de una mujer perdida! Señor conde; la infeliz nada dice contra usted, le ama tanto, que no se queja; pero si usted es cristiano, si en su corazón, ya que no el amor, la compasión ocupa algún vacío, ya sabe usted cuál es el deber que tiene que cumplir. Usted es caballero y a su consideración de honrado dejo el asunto.

Baselga estaba demasiado impresionado por la noticia para fijarse en tales palabras que llegaban a sus oídos como un murmullo sin sentido.