Aquella solución de sus amores le tenía anonadado. Por una extraña analogía, pensando en la deshonra de Pepita, surgió en su memoria el recuerdo de la última noche que pasó en su casa, de la confesión con el padre Claudio y del terrible juramento que éste le había hecho prestar ante la imagen del Crucificado.
La idea de faltar a lo jurado cruzó rápidamente como soplo diabólico por su cerebro; pero inmediatamente la sola posibilidad del perjurio produjo un escalofrío al caudillo de la Fe.
El señor Antonio contemplaba con atención al joven, y comprendiendo las impresiones que le agitaban, continuó:
—Yo vengo aquí enviado por el respetable padre Claudio con el solo objeto de recordarle un juramento sagrado que usted hizo en cierta noche y saber si está dispuesto a cumplirlo. Nada sabe la baronesa de este paso que damos, pero el respetable sacerdote, como su director espiritual, y yo como su más antiguo servidor y amigo de su padre, tenemos el deber de explorar el ánimo del que es causa de su deshonra para obrar en consecuencia, manifestando antes a usted que si no está dispuesto a cumplir sus promesas, jamás volverá a ver a mi señora, pues ésta se encerrará en un convento a llorar sus culpas. No queremos, tanto el padre Claudio como yo, que continúen esas relaciones escandalosas e inmorales que arrojan negra mancha sobre el blasón de una casa digna de toda clase de respetos.
La terrible amenaza de no ver más a Pepita fué lo que más impresión causó en el ánimo de Baselga.
Hay que confesar que éste, durante su año de campaña, no se había olvidado de Pepita, sin dejar por esto de hacer de las suyas en cuantos pueblos encontraba y veía hermosura femenil con digna representación; pero a pesar de tales recuerdos, hacía tiempo que del cerebro del militar se había borrado la idea de casarse. De sus amores guardaba constantemente el recuerdo de la hermosura de Pepita y el grato sabor de los placeres, pero la confesión y el juramento con el padre Claudio se habían perdido en su memoria, hasta aquel momento en que surgían con nueva e importante fuerza.
El conde tenía que decidir entre su libertad de célibe y su amor, y estaba demasiado impresionado para no inclinarse por este extremo.
—Señor Antonio—dijo después de reflexionar largo rato—. Los caballeros nunca dudan en reparar el mal que hayan hecho, y más si el amor va unido a sus generosos sentimientos. Diga usted al padre Claudio, que tan pronto como nos apoderemos de Cádiz y yo presente mis respetos al rey, iré a Madrid para casarme inmediatamente con la baronesa.
El viejo, al escuchar estas palabras, hizo las más grandes demostraciones de alegría y exclamó enternecido:
—¡Oh, gracias, señor conde! No esperaba yo menos de usted. Le pido con toda mi alma que me perdone las palabras que hace poco le dirigí. Reconozco que estuve sobradamente fuerte y que me dejé arrastrar por una ira injustificada; pero... la baronesa es el ser en quien he depositado todo mi cariño de anciano, y cuanto a ella atañe produce en mí más impresión que mis propios negocios.